martes, 3 de noviembre de 2009

Atentamente, se despide (y II)

Beber no me hacía sentir especial echando un vistazo al resto. No obstante, no pude evitar el aturdimiento provocado por un leve desajuste que rondaba en las entrañas de mi otro yo; aunque no transcendió en los otros camaradas de la (mi) barra. A fin de cuentas, no reunía tampoco un perfil ni unos condicionantes que me distingan del teatro del mundo. Era uno más: Enrique, Andrés, Pedro,… podría seguir dando más nombres inventados. No estás llamando la atención ni haciendo saltar las alarmas ni nadie se escandalizará por ser una réplica, una clonación de idénticos como tú cuando se trata de acudir al templo a degenerarse con el alcohol. Es lo bueno de esta afición: aquí somos todos iguales y fieles corderitos que rara vez nos causamos molestias entre nosotros. En cambio, en mi mismo, ser un cordero y, a la vez, un lobo es bien fácil. Y muy peligroso. Claro, que tampoco pienso habitualmente en lo genial o canalla de mi alma; pero viéndolo desde la perspectiva de un hombre que se ha soplado tres pintas, pues todo se sobredimensiona. Y yo, pues no sé, tampoco tenía claro deducir si era un lobo o no, únicamente me veía como un tipo extraordinario que había sido liquidado por hacer demasiado bien su trabajo, por envidias, y que no le faltarían ofertas al salir de este bar. No sé por qué tengo la extraña manía de resolver los problemas de todos los mundos en ese bar o discutir idioteces: que si prefiero tirarme a una mujer o beber, que es normal, que si la gente es especial, si yo lo era, si tenía agallas suficientes para salir del paso o si podía controlar mis dos personalidades. Aunque ya me eché a temblar cuando contemplé como el camarero me acercaba una pinta más.

Enrique fue reemplazado por otro gran amigo, llamémosle Eduardo. Este se largó para dejar paso a Antonio. De ahí, me sumergí en el mundo de Alfonso. Y al final, todos acabaron cediendo para delegar mi compañía en el camarero. Supongo que la hora de cierre del bar, siendo lunes, y el hecho de tener familia esperando en casa es más importante que entretenerse con tu mejor amigo. Ellos sabrán. Este señor sí que es un amigo, de verdad, fiel. Leal a su trabajo porque ya empezaba a sugerir que debía haber abandonado aquel lugar, su casa, y algo más que no entendí muy bien. Añadió: “Ya es hora de que rehagas tu vida”. ¿Qué quiso decir? ¿Tendría que destruirme y volver a crearme? Es fabuloso lo que es capaz de afirmar la gente cuando se toma unas copas de más. Siendo camarero, imagino que no habría perdido el tiempo. Además, había llegado antes que yo, así que el cálculo en número sería altamente desorbitado.

Sin embargo, creo que la última pinta ya me estaba doliendo demasiado y comenzó a resurgir una fauna especial en mi organismo. El cazador furtivo, tras aguardar durante un tiempo precioso a que su presa mostrase debilidad, atacó en su momento preciso. Empezaron las primeras conclusiones: no estaba bien. Aquello no fue justo, ahora no tenía a donde acudir: ni amigos ni familia con ganas de oír más: “Lo siento, ya no os tendré que pedir perdón nunca más”. No merecí recibir una carta, después de tantos años. Hubiera sido más elegante en persona. No se podía dejar en la estacada a un veterano. Un hombre que se ha dejado la piel y la sangre por esa empresa. Con sus defectos, pero con unas virtudes que han enriquecido a todos ellos y los han lucrado de buenos dineros y coches de lujo. Se aprovecharon. Me desvalijaron. Me han deshecho la vida, otra vez. Me las pagarán. ¿Cómo? No me quedaban fuerzas para empujar y levantarme. Esta era mi última vida. Encima, no contentos con eso, me mutilaron con unas formas impropias de la condición humana. No había sido capaz de descifrar las claves de la normalidad, pero sí logré entender el significado completo y la representación gráfica de la humanidad. No puede haber algo más indigno que me cesen recibiendo un simple: “Atentamente, se despide.”


martes, 20 de octubre de 2009

Atentamente, se despide (I)

No me arrugué. Al menos me acogió y dio asilo apocalíptico este bar. De esos llamados “irlandés”, únicamente por el intento de copia exacta de la decoración como la de cualquier puesto dublinés. Es como todos los bares de copas de la zona, pero con la exquisitez de ser un transplante de un trozo de otras tierras sin su pueblo. Sin más. Sí, tiene televisores enormes en todas partes, cuadros de las mayores leyendas y menos conocidas del boxeo, supongo que por eso lo son, y alcohol de todos los tipos y marcas: cerveza negra, copas… A mí todo eso me da lo mismo. Hubiera ido a este o al de enfrente. Lo cierto es que ni sé por qué entré ni para qué. A corromperme, en todos los casos. ¡Qué fácil es vivir en el engaño y disimular razones para tomar decisiones! No sería ni la primera ni la última, aunque eso nunca lo sabré.

Acabé (empecé) sentado en la barra viendo algún deporte de otra cultura inusual para mí con la admiración del inculto sorprendido y sonriendo a una rubia, a la primera que se me cruzó. Emprendí mi conquista guiñándole el ojo, admirando su silueta y codiciando con una voracidad desenfrenada poseerla con mis caricias. Lástima que la rubia sea tan sólo una cerveza. Al fin y al cabo, mi camarada Enrique ya dijo que teníamos lo que nos merecíamos, sin más vueltas. Le creo porque no le falta razón y, además, tenemos una amistad sobradamente consolidada de rebosante vigencia: hace dos pintas que lo conozco. Bueno, sí, claro, le comenté en qué consistían mis preferencias en condiciones normales, una rubia de verdad, una mujer, aunque no establecimos ningún punto común para la definición de normalidad y de ahí nos costó avanzar en la conversación. Nos atrancamos. Ese eufemismo cuya palabra, como combinación de letras e incluso como significado, no tiene culpa alguna de que no tenga correspondencia con el mundo conocido como real, sin patrones que rijan lo genérico de lo que es cotidiano, natural, habitual: “Eso es lo normal”, “Es un tío bastante normal”, “Mi vida no es normal”… Finalmente, sin acuerdo en ese punto, sí que sospechábamos estar ante una ocasión de ese tipo. Este día me tocó parte de lo que realmente merecía y, por ello, tenía una de las espumosas (sin metáforas).

viernes, 18 de septiembre de 2009

Postdata

Efímero y desinformados. Aún mantenía en el rostro granos provistos de incertidumbre, del desconocimiento, los naturales para chicos que se desarrollan más tarde y los antinaturales para los que sus angustias maltratan al miedo y violan con ferocidad sus nervios. No es que fuera una losa enorme, es que no teníamos ni idea. Porque sí, charlamos en exceso de afrontar todo lo que se nos suponía iba a venir encima, de cómo sería, incluso conspiramos sobre ello mil veces. Permaneceríamos dando vueltas como agujas de reloj para repetir y repetir (y repetir) el uno, el dos, el tres… (hasta doce) las indulgentes emociones. Por fin, habíamos logrado adquirir bellos recuerdos agitados con exquisitas mentiras y este proceso, este trastorno, derramaría como cenizas nuestros anhelos de Cenicienta.

Llegó el hipotecado día del adiós. No se presentó nadie a despacharnos. Tan sólo vino el día. Él sí, no faltó. Para despedirse para siempre.

lunes, 24 de agosto de 2009

El conserje de noche

Esta es una historia que se escribe en los portales.

Me ganaba bien la vida como conserje de un portal de un barrio céntrico de la capital. Ya despunto con el primer exceso. Mejor dicho, era suficiente para subsistir y mis ratos de faena no resultaban mal del todo. Claro que trabajar de noche es desagradable para aquellos que les gusta vivir. Para mí estaba bien, la soledad era un aliciente para, cuando llegase el momento, poder disfrutar de la compañía. Aún faltaba para eso, o no cristalizaba, pero no desesperaba: el día más inesperado se presentaría.

Es lo que tiene vivir y afanar de las novedades. Después de veinte minutos paseando con linternas en los garajes, escuchando maullar gatos, recogiendo alguna rata, siempre con el respeto a que surja cualquier cosa, o esperando sentado a que ocurra algo, se agradece que aparezca alguien por la puerta… aunque vengan más borrachos que un piojo. O aunque sea para reprochar el vecino más desconfiado con miradas de recelo que estás toda la noche leyendo o escuchando música sin dar palo al agua. A nadie le gusta confirmar que a veces no es tan eficiente en su trabajo como de él se espera. Es cierto, pero qué quieren que les diga, pensemos en un lunes a las tres de la mañana o las cuatro. Se hace tan aburrido a veces que no me queda otra que distraerme leyendo. O como hoy, para escribir.

Hace tres sábados tuve la suerte de no tener que recurrir a mi propia medicina para pasar el tiempo. Llegaron dos chicas de no más de treinta años. Eran las cinco o las seis de la madrugada. Iban cantando como locas y por supuesto llevaban encima una cogorza enorme. A una la conocía bien, era la hija del dentista que vive en el bloque diez. Pero a la otra ya me habría gustado haberla conocido antes. Era guapísima, y créanme que cuando hablo de mujeres suelo ser más grosero y no me corto, pero con ella no me salía más que esta cursi excepción. ¡Dios mío! ¡Es cierto, era guapísima!

Conseguí acariciarla desde la barbilla hasta las primeras raíces de su pelo. Incluso le agarré la espalda y los muslos. Las obligaciones de vigilante pasan que si alguien se pega un “talegazo” y no puede ponerse en pié la acompañes a su residencia. Aún así, no le perdí la vista en ningún momento. Ahí la dejé en la puerta confiando en que la amiga tirase de ella. Y volví a mi puesto.

La suerte es una ramera de primera calidad.

A Quique González.

viernes, 21 de agosto de 2009

No se esfuma

Otra vez ha vuelto a pasar. Esta vez no se esfuma de mi cabeza esa mirada que me tendió el siguiente en la fila de la caja rápida del supermercado. Demasiado rápida. No transmitía apenas desprecio, lástima, sorpresa o algún atributo acorde a la situación como se podía aguardar. Sólo se clavó sin expresión sobre mí y lo llevo encajado como el rostro que me acecha en el espejo. Gasto un antifaz con su cara, desde el mismo instante, que no me permite respirar por la presión de sus cuerdas ni puedo desprenderme de él.

Aparentemente, no iba con él este incidente sobre todo cuando estábamos en la cola, esperando el turno. Con sus auriculares, sus tres o cuatro productos que no daban para más de una cena y, ni estirando mucho, para más personas que su ombligo. Sus champiñones laminados. Se apercibía que era un tipo que vivía al día y que no le importaba mucho lo que podía ocurrir mañana. Seguramente no quiera saberlo, o mejor aún, ni lo necesite. Tiene las constantes vitales que nosotros no tenemos que sí precisamos esa información. No es fácil aclarar, en los tiempos que corren, que ambicionemos más el hecho de estar vivos que a la vida en sí.

Ya le tocaba a mi madre sacar el monedero. Mis hermanos jugaban. El más pequeño desde el carrito de bebé. Y yo guardando las bolsas cuando el chico de la caja encendió la mecha para explotar la dinamita.

- Señora, ¿me permite revisar un segundo el carrito?
- ¿Cómo?
- Sí, es que creo que he visto algo – el joven se acercó y localizó unos cuantos botes de comida de bebé dentro.
- Perdone. Han debido de ser los niños jugando. No lo sabía de verdad. No lo sabía.
- Un segundo, no se mueva. Espere que tengo que llamar.
- Pero, yo no lo sabía… Los niños jugando. Ya sabe...

Y mientras yo estaba de frente al incidente, observando nada más que mis bolsas. Antes sentía vergüenza, miedo y un pánico a la altura de la penosa situación. Pero eso ya pasó. Bastaba con permanecer quieto en un punto fijo y proseguir. Con la costumbre olvidas todo eso que te parece un horror. Así que con la tranquilidad asumida de lo normal de la acción, cometí la torpeza de distraer mis ojos hacia el chaval. Y ya os digo, esta vez, esta vez, no se esfuma de mi cabeza esa mirada.

jueves, 13 de agosto de 2009

Una tarde distinta

Escrito por: Anónimo Veneziano.

Las veces que había asegurado a los chicos: “El fútbol os dejará de gustar con los años”. Convencido estaba, pues a mí me sucedió así. Los chavales de periodismo se hacían pesados, aburridos, siempre con el balón en la boca. Si les pudiera hacer entender lo insulso de ese juego. No valía la pena, antes escucharían a un mediocre entrenador de regional que a este tipo ya cerca de los treinta y harto de las conversaciones idiotas.

Lo cierto era que pese a mi desprecio por esa mediática y enfermiza aureola que ese deporte generaba, las cosas eran muy distintas cuando andaba cerca de algún callejón junto a una pista, o en su defecto zonas verdes de barrio medio urbano, donde las bocinas de los autos se disipaban estridentes sobre el vocerío: “mía, mía, estaba solo hombre”, y que lindante se parapetaba necesario, casi urgente, un ultramarinos para repostar energías con su bollería industrial y deliciosa, sensible al paladar de un mozo bajito y avispado.

Pero yo ya no podía. Menos de treinta sí, pero con menos recorrido que un gusano. Y el toque de balón, qué vergüenza, un canguro con una pata de palo azotaría mejor la pelota. Pero aquellos chicos me pidieron como favor que un día me pusiera de portero: “Señor, nos falta uno, ¿no le importaría…?” ¡Me llamaban señor! Salía ese día de la oficina, con un estrés galopante, el nudo de la corbata era una soga de colores, y mis zapatos de doble suela revestidos de piel sintética los sentía como grilletes bajo mi oscuro traje de aparente solemnidad. Solo era apariencia, os lo aseguro.

Me deshice del disfraz de imbécil, y fui corriendo a mi portería: “Por aquí no va a pasar ni una”, me motivaba yo solo en mi portería, sí sí, mi potería. Tenía hasta red, perfectamente anudados sus ribetes entre los ganchos de los tres postes. Había comenzado el partido aunque yo permanecía atontado pensando en ese emotivo reencuentro con el pasado. El delantero rival no tuvo consideración y aprovechó mi despiste para enchufarme el primer tanto: “¡Coño!”. Alenté a mis jugadores para cambiar las tornas, uno de ellos era un diablo, de bueno eh, no de feo. Ese se encargó de responder por mi fallo, y después del primero vinieron cinco más. En una ocasión, sumido por la excitación del momento, controlé el balón, arranqué algo aparatoso, alcancé el área contraria y disparé duro a portería. No fue gol porque el balón fue a parar a la cabeza de uno de los chavales, provocándole una ligera contusión que le hizo llorar un buen rato: “¡Ese viejo está loco!”. Aquí me sobrevino la conveniencia de abandonar el partido, quizá se me había ido la olla un poco, quizá. Pero qué coño, ese rato de fútbol había sido lo mejor que me había ocurrido en mucho tiempo. Y cuando digo mucho tiempo, me refiero a mucho tiempo.

viernes, 31 de julio de 2009

El contrato

Allí estaba nuestro chico. Mal vestido, aires de despreocupación, que no son más que eso, y abanderando al infinito mediante la música de su reproductor. Enfilaba ya las escaleras mecánicas y, en cuanto ésta le transfiera a la primera planta del centro comercial, acataría la orden que confirmaría la esclavitud propia de los tipos que apuestan fuerte su pellejo por una relación sentimental. "Tío, tienes el pelo hecho un asco, no lo cuidas. Tienes que arreglar las puntas. ¿Es que no puedes pensar en mí?" Ese “en mí” se mantuvo clavado como una puñalada barata por la espalda. Con un cuchillo de esos que no valen más que para untar que no te acaban de matar pero minan la moral. Mejor, no más discusión y problemas sobre el control de sí mismo y sobre su indudable personalidad y dar una sorpresa complaciente. Eso se apagó entre los dos, hace mucho tiempo. Ya está en la peluquería. Le quedan cinco minutos para entrar. Eso le dijo la chica que daba la vez. Le faltaba poco para definitivamente tragarse el orgullo.

Allí estaba nuestra chica. Ya llevaba seis horas seguidas en esa celda. Trabajaba en horario continuo porque así se lo habían dicho. Tal y como estaba la situación, no era como para amagar con quejarse siquiera. Era una peluquería y a la vez centro de estética. Funcionaba sin interrupción de diez a diez, de la mañana a la noche. Y en ninguna parte figuraba la cruel explotación a la que era sometida; no tenía otra opción. Debía sacar un tema de conversación sencillo, sin salirse de lo habitual, para entablar contacto y mantener la buena sintonía con el cliente. Luego ya era bien simple atacar lo desastroso que cuidaba su cabello para tal y como había dicho el jefe: "Convencer que tiene que llevarse un producto de aquí para sentirse triunfador, es donde os ganáis el sueldo.” Una cosa era pelar, peinar, aconsejar, etc. Pero arrastrarse y admitir doble trabajo de peluquera con el de comercial, representaba demasiado. Ya le tocaba el siguiente.

- Buenas, siéntate por aquí que te ponga cómodo.
- Vale.
- ¿Cómo va a ser?
- Pues me gustaría que me arreglases un poco las puntas. Y no sé, es que tampoco soy muy cuidadoso con el cabello.
- Sí, ya veo, vamos a pasar por la otra parte a lavarte el pelo..

Él, ya se había fijado en ella. Que eso no significa nada si no se explica correctamente, ya que el verbo 'fijar' pasa desapercibido si no se da la explicación adecuada y cuando es conveniente merece la pena darle un buen uso a ese verbo. Porque la fijación también tenía índices de calidad y la había, como en este caso.

Ella, no parecía que proporcionase un lavado al uso, más bien unas suaves caricias para arrinconar y dominar lo que no le pertenecía y que aliado con el descontrol estaba consiguiendo. Ese lavado, ese masaje, ese delirio sobre las manos. Una sensación que es difícil de explicar, tanto como el verbo. Es fácil explicar una mirada, una visión, pero con el tacto no hay fronteras. Nadie las puso.

- ¿No te cuidas mucho no? Tienes grasa.
- Bueno, me ducho y lavo todos los días.
- No, no. Pero hay que saber cuidarse. ¿Acondicionador usas?
- ¿Cómo?- Bueno, parece que no te lavases bien el pelo, debes darte más tiempo y oprimir bien el cuero cabelludo. Que salga espuma. Y el acondicionador es fundamental para que no tengas el pelo deshidratado como veo. Nosotros tenemos...
- ¿Perdona?

Ella dejó de ser peluquera comercial para convertirse en no sabemos qué. No quería manipular a este chico y crear una nueva víctima de su sobresueldo. Además sabiendo lo caro que son los productos.

- ¿Los compro aquí esos productos? ¿Los tenéis? ¿Verdad?
- Eh bueno, sí, sí que los tenemos.

Pasó el tiempo y no se dirigieron la palabra. Un fenómeno externo les impedía manifestar lo que les pasaba por su cabeza. Estaban de acuerdo ambos en eso sin hablarse. Les frenaba.

- Sube la cabeza.
- Vale.

Terminó. Se despidieron. Pagó lo que tenía que pagar. Ella atendió al siguiente en la cola. Quizá fue por el contrato... o quizá era lo mejor excusa que se les podía ocurrir.

lunes, 20 de julio de 2009

A cuenta

No le gustaba irse sin pagar. Bueno, sin amagar. Era tan buen pistolero desenfundando como a la inversa. Había que ser rápido. Ese debía ser el motivo por el cual recurría a disolverse con la gente. No es que no quisiese nadie, es que odiaba a todo el mundo, empezando por el azar y pasando por él mismo. No hace falta enumerar a todos aquellos repudiados en órdenes posteriores de su lista de aversión: para él eran todos tan despreciables que le resultaba indiferente recordarlos por su nombre o aspecto.

Empezó muy pronto, cuando la desdicha se cruzó en su camino. Eso es lo que pensaba. Aunque, más bien, ambos se quisieron desde el primer día, como un amor a primera vista, sin conocerse, sin referencias y muy liberal. Eran inevitables y recurrentes los escarceos con el amante de las medianoches: la fatalidad. Esa que te acaricia el pelo para relajarte, para enternecerte… para asestarte el golpe mortal.

Malvivía a cuenta. Con deudas y chascarrillos. “Ya te pagaré todo lo que te debo”. A veces, daba muestras de una infinita generosidad: “Y te voy a hacer un regalo por lo bien que te has portado estos años. No te quepa duda.” A pesar de su enemistad con el mundo, aún mantenía una esperanza exterior de que las cosas cambiarían. Simple apariencia interesada. Otras veces, el rencor le cegaba con el control de las buenas formas: “¿Serás hijo de puta? ¡Soy tu mejor cliente!”.

Había demasiadas hojas de bloc por toda la ciudad con su nombre y apellidos seguido de una lista de números con deudas económicas por pagar. Básicamente, era equitativo y transitivo. Él también tenía un bloc dónde el azar (con nombre y apellidos) aparecía bajo otra lista de números con todas las veces que había sufrido innumerables desagravios. Es por eso que convenía ser ordenado en tiempo, espacio y en cantidad económica. Así que, mientras el azar se decidía a devolver lo robado, seguía dejando que escribiesen sus datos y sus atrasos por cualquier lugar con tal de sobrevivir. Con mentiras y falsas promesas. Claro que el azar era astuto, incluso usaba sus artimañas disuasorias. “Ya te pagaré lo que te debo”. Su credibilidad fue disminuyendo hasta el punto de tener que recurrir al maldito énfasis: “¡Joder! ¡No vayas a hacer ninguna locura! Tranquilízate, cree en mí”. Ya era tarde.

De joven soñaba en un futuro fascinante e indescriptible para un texto. Tan emocionante, tan bello y tan apasionante que no existían palabras para encerrar todo lo que cabía en ese maravilloso subconsciente. Por más que se esforzase en describirlo, no sabría. Tanto alfabeto, tantas combinaciones y se quedaría corto e impreciso. Ahora, observa tantas letras, palabras, tantos idiomas, tantos lenguajes, tantos signos… Todo es más fácil cuando no hay nada más que decir.

martes, 7 de julio de 2009

...y de eso hace tanto tiempo

Voy camino de las escaleras de la piscina. No me falta un detalle: gorro de látex que favorece la buena higiene del resto de nadadores, toalla especial de baño y un bañador de esos cortos pegados al cuerpo para mejorar la sincronización hombre y agua. Ya quedan pocos escalones para ascender al trampolín. Pensaba que sí, que iba a crear mucha expectación. En la cima, llegué. Sí, lo importante es el camino, más que la meta. Iba bien equipado para nadar, pero, en cambio, no llevaba nada para las heridas de la caída que iba a sufrir. La piscina estaba vacía. Lo intuí, me dolió tanto esa intuición que no me consintió que eligiera vivir estos meses. Era demasiado pedir y doloroso resolver la duda final antes de tiempo. Tuvo que ser en lo más alto.

Es bonito pensar en las constelaciones de estrellas, de cómo los astros se agrupan para formar un sindicato nocturno y una coalición poderosa contra el dominio de las razones. Aunque no evita ser imaginario y aparente que en un descuido nos podamos equivocar al unir unas con otras.

Ya eran demasiadas las noches que no quería verla, ella tampoco se preocupó por llamar a la puerta.

Estamos de paso, eso es lo triste. Querría llorar, y de eso hace tanto tiempo…

lunes, 29 de junio de 2009

Aromas

Te tomas un café por la mañana o por la tarde. En un sitio o en otro. Con ánimos cambiados. Después de un buen día o malo o quizás antes de saber cómo será. Incluso en iguales instantes, con mismos condicionantes. Nunca sabe igual. El color, el aroma y el sabor no es el mismo. El ser humano aplica unas reglas y unos patrones a la determinación de decisiones o al análisis de sensaciones que se fundamenta en su sentido; a veces, el menos común de todos, y su instinto; pero no deja de existir un raro porcentaje de aleatoriedad que nadie puede explicar por qué. Yo no. No se trata de ser extremista en comprender las diferencias, pero es fácil encontrarnos ante los ligeros matices para que actuemos de un modo u otro. Y más complejo es profundizar en el asunto de la compañía, compartir café con la soledad o con otro tipo tan extraño como tú que puede cambiar de golpe todos tus condicionantes. Así que mi compañero de trabajo y yo sabíamos a que exponernos en aquel bar de carretera.

- Ponme un café con leche, pero la leche templada. ¿Vale? – lo dije sin mucho convencimiento. Estoy habituado a exigir eso de antemano y siempre me lo ponen hirviendo, algo que detesto. Señalé a mi compañero. – y para…

- No, yo quiero una “cocacola” – me interrumpió sin dejarme tiempo a acabar. Y se justificó. – Es que tengo muchísimo calor.

- Pero, Guillermo, – así se llamaba mi inoportuno colega - me dijiste que querías parar porque te apetecía un café. No entiendo.

- Sí, pero ha sido salir del coche, con el calor y tal, que en seguida me ha apetecido tomar algo fresco.

- ¿Y por qué no te tomas un café con hielo? – así le sugerí con algún que otro sobreactuado gesto, de esos en los que buscas ser natural y si te miras lo que ves es a un fantoche. Y no un fantoche simpático como Charlie Chaplin.

- Ya sé por dónde vas. No insistas. Estamos dentro de un texto literario ¿no es eso? Has escrito una introducción, si me lo permites,un poco larga para justificar una opinión o un pensamiento. Bien. Seguramente eso que tú opinas tiene una explicación física, biológicao médica, quiero decir, científica; pero aún así sin mucho conocimiento del medio has continuado con esa opinión sin ponerte ninguna pega. Encima, querías utilizarme como ejemplo de situación original para apoyarla entus textos y te he fallado. Sí, querías que tomase café para afrontar el tema del cambio del aroma con las circunstancias. Que te sirviera de comodín para luego acudir a ponerme en tus "relatitos" y te ha salido mal la jugada. El ser humano es imprevisible. Ya deberías saberlo.

- ¡Pero bueno! – me tomé el café de un sorbo.

- Sí, ya llevamos, un párrafo y siete trozos de diálogo. Ahórrate las sorpresas, las exclamaciones y búscate otra idea. Y vámonos ya.

- ¿Cuánto es? – mi cara de alucinación ya se dirigió con toda la mala hostia al camarero hijo de puta que no supo entenderme cuando le especifiqué que quería la leche bien fría.

- Pues, un café, un euro – contestó tras merodear la barra, apurando al máximo su servicio.

- No, cóbreme todo.

- ¿Todo? Ya se lo he dicho, un euro, un café.

- ¿Pero y la “coca-cola”?

- ¿Qué coca-cola? – esta vez ya sí prestó atención y la sorpresa y él se enfocaron en sus ojos.

- La de mi compañero.

- ¿Qué compañero?

martes, 16 de junio de 2009

Sin límites

¡Qué jodida es a veces esta maldita zorra! Ya me sirvo un whisky doble de malta. Presto atención para escuchar el sonido cuando lanzo los cubitos en el vaso. Siempre tres. Me encanta ver como se muerden el fuego del alcohol y el frío del hielo. Eso sí que es único. Ya sé que olvidar no es fácil así que me acostumbro a recordar pasados involuntariamente ¡Maldita sea! Sí, me enciendo un cigarro, de hombres claro, un rubio. Ya mismo va a anochecer, pero de verdad, y me tengo que enfrentar otra jornada más con la muerte que nunca llega. La he esquivado de mil maneras, sin embargo, no tengo la seguridad total de que sea inmortal. Algún día se me acabará. El caso es que esa gentuza me quiere muerto aunque cierto es que yo no les tengo mejores deseos. No podemos perpetuarnos por más días. De aquí sólo puede salir vivo uno. Y esta vez van a saber quien soy.

Esos tipos lo sabían y yo también. Disfruto fantaseando. En ser el pronombre, en un nombre que me reemplaza, un flotador humano, un salvavidas, un vaquero (léase ‘cowboy’) justiciero. Un ser que no tiene compasión y piedad con el mal, a veces incluso vengativo, y que actúa sin ningún premio. El premio de consolación es este. No obstante, de otro modo, no tendría jamás una mención en la ‘Wikipedia’. Ni tan siquiera derecho a mis quince minutos de gloria que me prometió Warhol. Seguro que ningún conocido iría a echarme flores al epitafio o, más grave aún, tendría un epitafio vacío de esos sin nombre para la gente que es irreconocible hasta para la policía científica.

En tu mundo, quizá no sea nadie. Pero en el mío, no tengo límites.

martes, 2 de junio de 2009

En Babilonia

Anhelo una existencia de jardines colgantes.
En Babilonia.
No echo de menos recuerdos de almas dormidas,
sí contusiones entre atardeceres de amantes.
Prohiban el paso, arrecian locos suicidas.
En Babilonia.

Día a día, fobia a fobia, latido a latido.
En Babilonia.
Mi, tu y nuestra soñada irrealidad:
Desvistiendo sonrisas, soplando vientos al oído.
Sometiendo, coronando, invadiendo la banalidad.
En Babilonia


Persigo con la tuya, mi mirada, tu destello.
En Babilonia.
Intenso faro, desnudo, vacío, roto.
Obedezco la dictadura del cabello,
Y me pierdo y me pierdo, demente y devoto.
En Babilonia.

No entiendo tu idioma, sí a tu lengua, tu boca.
En Babilonia.
Ni regalos, ni amuletos, ni diamantes.
Ni jardines que sobrepasen bajo las rocas.
Regálame, todo tú, siempre colgante.
En Babilonia.

jueves, 7 de mayo de 2009

¿Pedimos ya?

- Oye, ¿pedimos ya?
- ¿Ya? Pensaba que habíamos venido al restaurante a contar las mesas.
- ¡Joder!, ¡qué mala hostia siempre!
- Relájate un poco y pide de una puta vez.
- ¿Qué quieres?
- Me da igual.
- Ya estamos…
- ¿Ya estamos qué? ¿Quiénes estamos?
- ¿Te apetece carne o pescado?
- Me da igual.
- ¡Joder!, así es imposible.
- ¿Imposible?
- Mira, voy a pedir el surtido variado de tapas que tienen, porque ya empiezo a estar hasta los huevos.



- Oye, ¿pedimos ya?
- No tengo hambre.
- ¿Cómo que no tienes hambre? ¡Joder!, que hemos quedado para comer. Cuando dos personas quedan para comer, lo normal es que coman.
- Pues, lo siento de verdad, pide tú lo que te apetezca, en serio. No me entra nada en el estómago.
- Alucino.
- Por favor, no te enfades, es que es cierto. No veo el modo de comer, creo que es por la regla.
- ¿La regla?
- Sí, que tiene que estar al llegar. Aunque quizá no sé, no estoy segura de nada. Estoy hecha un lío.

- ¿Lío? Explícate.
- Sí, un desastre. No sé tio…
- ¿Se puede saber de qué va toda esta mierda?
- Por favor, no hables así.
- ¿Así? Hablo como me da la gana y más aún viendo cómo estás con tu cabeza sobre el infinito diciendo chorradas. ¿Se puede saber qué coño te pasa?
- Mira, no te puedo engañar más. Resulta que…
- No me puedo creer lo que me vas a decir.
- ¿Lo sabías?
- ¿Cómo? Me estás diciendo que te has liado con otro.
- ¿¿¿Qué??? Bueno, no, pero…
- ¿Entonces?
- Estoy enamorada de otra persona. Lo siento, no lo he podido controlar. Ni he querido hacerlo.
- ¿Pero qué me estás contando?
- Eso.
- ¡Joder! O sea, que me has mentido y me has tratado como una puta cucaracha durante todo este tiempo. ¡Joder!
- Por favor, no golpees la mesa. Nos están mirando.
- ¡Joder! ¿Cómo has podido?
- No es poder ni no poder.
- ¿Quién?
- ¿Quién qué?
- Pues, ¡joder! ¿Quién me la está pegando? Lo conozco seguro y tú me lo vas a decir en seguida.
- A ver… Primero, te relajas y dejas de dar golpes con todo. Nos están mirando.
- El puto Santi, seguro.
- No, no. Santi es muy bueno y majo pero no, por favor, no metas a Santi.
- Pues tú dirás. ¿Quién coño me la ha pegado?
- Alicia.
- ¿Qué pasa con Alicia? Ya lo decía yo, que saliendo con ese putón verbenero nada más que encontrarías problemas. Os habéis ido buscando tios cada vez que salís, yo lo sé. ¡Joder!
- ¿Cómo? Te equivocas por completo. Y vas a retirar eso. Alicia es de quien estoy enamorada.
- ¿Cómo?
- Sí. Eso.
- ¿Enamorada? ¿O sea, que he estado saliendo con una puta bollera?
- Ya está bien, eres un capullo. Capullo integral.
- Mira, voy a pedir el surtido variado de tapas que tienen, porque ya empiezo a estar hasta los huevos.



- Oye, ¿pedimos ya?
- Pues como quieras.
- No, como quieras tú también.
- Sí, sí, pedimos.
- ¿Pedir qué?
- No sé, yo me adapto fácilmente. Me gusta todo y me entra todo bien.
- ¿Pero de algo tendrás más ganas no?
- No, especialmente.
- Este es un restaurante de tapas, de todo tipo. Se puede pedir pescado, carne, verdura, etcétera. Hay de todo. Si hemos venido es para elegir. Si no, habríamos ido al italiano, al de carne, al de pescado… ¿Entiendes?
- Sí.
- Pues venga, adelante.
- Es difícil de explicar, pero te prometo que me da igual.
- ¡Joder!
- No te pongas así, tampoco es para tanto.
- ¡Joder! Qué difícil es tener decisión en este mundo.
- Bueno, pide un montadito de lomo, una ración de boquerones y una ensalada. Pedimos de todo y no hay problemas.
- ¡Joder! Me sacas de quicio, me harta que estés siempre a mi merced. Que actúes para no darme problemas, que no tengas nada que aportarme. Que intentes que esté bien sólo porque sí. ¿No te das cuenta? Me aburre tu personalidad, tu forma de ser. Eres patética. Y ya era hora que te lo dijera.
- Pero.
- Sí, pero es un pero muy grande.
- ¿Se te ha ido la olla?
- Mira, voy a pedir el surtido variado de tapas que tienen, porque ya empiezo a estar hasta los huevos.

jueves, 30 de abril de 2009

La frontera

Neceseres que entierran néctares de mar,
revoltijo con suaves aromas, enardecen necedad:
esta prominente insensata necrofilia,
este arancel de virtud, arancel de necesidad.

Tiernas mocedades de frondosa lozanía,
balanceos de alabanzas a la destreza y la sazón,
ni caminantes, ni caminos, ni andares que andar,
rebosa la holganza sin cautela de un vivir sin razón.

Presentes insuficientes de mañanas faustos,
añoranza de congratular "amadises" y "gaulas",
etapa de controversia, de inmadurez ya puestos,
y estimaciones de prodigiosas, profanas jaulas.

Injusto, en comparaciones, palpitar frutos maduros,
agasajar a la hipótesis de flácidas habladurías,
negar la actualidad como el mejor de los futuros,
encerrar las neuronas en inmoderadas tropelías.

"La vida en la frontera no espera,
es todo lo que debes saber
."*


* Fragmento, extracto de textos de Santiago Auserón de "La vida en la frontera", incluído en el álbum de Radio Futura, "De un país en llamas" (1985).

miércoles, 18 de marzo de 2009

La comunión...

En textosdepaso, hacemos la comunión después del bautizo. Os presento la nueva incorporación ideológica: JA_Dianes. Se trata de otro co-autor de artículos que nos apoyará sobre todo desde el arte de la fotografía y el retoque digital para transmitirnos sus realidades. Muchas veces, partirán desde el texto como complemento y viceversa.

Sin duda un gran fichaje que creo que mejorará el contenido de este blog. Normalmente las presentaciones son anteriores a las primeras creaciones para posteriormente dar paso a ellas. Esta vez lo hemos hecho al revés. Os invito a ver/leer el anterior artículo.

¡Bienvenido JA_Dianes!

Para muestra un botón:

Allí

Allí estábamos. No en aquel sitio. Era allí. Justo allí. Exactamente allí. Es de las pocas circunstancias y situaciones de mi vida de las que no puedo ofrecer inseguridades de ningún tipo. Esta vez sí. Estoy convencido. Desafío al que contradiga mis palabras. Era allí.

Allí, pasadas las doce de la noche. Escondidos bajo nuestras confiadas manos noveles y a su vez cargadas de experiencias; o al menos, era eso lo que transmitíamos a través del flujo cerebral sediento de generar aventuras y desfalcos ilusos. A veces, la veracidad comienza a ser irrelevante y es un puro circo o número de magia donde lo que prima es que mantengamos la fascinación del público. La ilusión era también parte de nuestros miedos más internos y contagiarla, a quien sea, era una satisfacción impagable. Leí por aquel tiempo algo así como que la felicidad compartida era doble felicidad y el dolor compartido, medio dolor. En este caso, se aproxima más a que la felicidad individual era doble y el dolor compartido era menos para el ego y más para la manada. El temor escama demasiado, no es razonable que sea visible.


Allí, cerveza en mano, escupíamos hechos bien contrastados, verdaderamente falsos, estúpidos, absurdos y, sin previo aviso, casi por sorteo, nos agraciaban con la oportunidad de escuchar la solución de un mundo que deseábamos cambiar a toda costa. Aunque no diría cambiar, importa más ser partícipe del cambio que el cambio en sí. Por favor, el ego. La tenencia de hierba o alguna sustancia psicotrópica pertenece al manual del más avispado. Es cíclico. De vez en cuando, un lúcido, un iluminado acertaba a tocar la tecla precisa del clavicordio de la insensatez. Lo curioso es que aún hoy el mundo permanece intacto y todo aquello fue a parar al mar o junto al pis o los vómitos de alguna roca. Nos creíamos confundir entre dragones y gatos. Era imperioso figurarse que alucinábamos. Éramos reyes.

Allí, no formaríamos parte del jurado popular capacitado de juzgar al más ruin por los méritos humanos que atesorábamos. No nos destacaba precisamente por el hecho de que nos colmasen miles virtudes, sino más por desenmascarar al que creyese poseerla. Nadie podía osar andar dos pasos. Sólo uno. No, sólo medio. No, ni moverse. El resto… a callar.

Echar de menos aquellas sensaciones no lo veo como un sentimentalismo barato, ni una aproximación macabra de la realidad que distorsiona cada noche de viernes Antena 3. No se trata de echar de menos tampoco. Pero a veces… joder… a veces, te gustaría estar allí. Empezar todo, revertir lo que eres, cambiar cosas. ¿O no? Quizá no… Quizá es que me encuentro atrapado, en desacuerdo conmigo, con como estoy siendo, con como he sido, con como decido, con como me comporto, dudo que me satisfaga… y tal vez… volviendo allí… no sé… he pensado que allí…

Tengo tantas dudas… Pero una cosa es segura. Hoy día, miramos atrás y no nos podemos explicar cómo allí anhelamos ser lo que somos ahora o incluso como esas sensaciones siguen vivas.

miércoles, 25 de febrero de 2009

El espíritu del tiempo

Acaban de sembrarme dudas razonables en temas, para más de media humanidad, irrefutables. Y meridianamente presento que se tratan de simples vacilaciones, pero que provocan que se alteren cimientos de una casa, de la del hermano responsable de los tres cerditos. Sí, aquella casa, la que usaba hormigón, cemento, buen ladrillo y, de la que seguro que no se descuidaron los promotores inmobiliarios en especular con el cerdito trabajador a la hora de hacer un “monopoly” con la venta de sus terrenos. Esa que ni el más lobo de los depredadores osaría entrar, ni los vientos de levante, ni los huracanes de medianoche, ni el fuego fatuo... nadie es nadie y nada es nada. Perogrullada.


Se trata del documental, Zeitgeist, que crea controversias alrededor de tres capítulos: la historia más grande jamás contada (la religión católica), todo el mundo es un escenario (los ataques sobre civiles de EEUU fueron perpetrados por grupos de poder americanos) y no prestes atención a los hombres detrás de la cortina (los fines de los seres que nos gobiernan sin ser vistos). No voy a profundizar sobre el mismo, pero sí que recomiendo ponerlo en órbita. Su mayor virtud no es la demostración sino la capacidad, en base a razonamientos, búsqueda de pruebas y declaraciones, de desarticular más de uno, y más de dos, axiomas que han avanzado a lo largo de los años sin más. Otro tema, es la forma de concluir; que también hay que ponerlo entre comillas.

Este "post" (para el más profano: "artículo", en lenguaje blogger) no es una crítica de cine ni de documentales; tampoco un analizador de claves falsas y desmitificaciones. Es un alegato a la duda; no a la desconfianza, sí a la duda. Tras esta larga introducción que va a suponer más de la mitad del contenido, voy a poner un ejemplo sobre la historia de los tres cerditos: ¿Qué querían transmitir?

Eran tres hermanos desgraciados porque, a pesar de ser jóvenes y educados (llevaban ropa de vestir muy elegante), vivían muy cerca y en casas separadas, y sólo se comunicaban cuando les acechaban problemas. Divisar, no divisaban vecinos, aunque divisas sí las manejaban, porque, tal y como estaba la burbuja, tenían terrenos. Por esos prados, habitaba un lobo, un ser despreciable, que no bastante con atemorizar a Caperucita Roja, tenía tiempo de ir en busca de tres cerditos vestidos como tú y yo; más bien como otro de los dos. De estos tres hermanos, dos vivían felices, sin miedos pero con una casa que se cae a pedazos. El tercero, el miedo le traspasaba a su propia vida y no le daba tiempo a disfrutar de los placeres, toda su existencia trabajando para tener una vivienda digna a salvo de delincuentes. ¿No se ve un intento del autor/a (desconozco su género) por crear terror? ¿No parece una epopeya del nazismo? "Fuera hay alguien diferente a nosotros que nos quiere conquistar, estemos preparados para cuando nos ataque y trabajemos, hagamos una base. En cuanto podamos, lo masacraremos. Le concederemos a los pobres cerditos casas indignas para que acudan al rico cerdo-jefe militar y los acoja para que luego viva de intereses, justifique su violencia y los use como meros esclavos militares.”

Manipulación. Un ejemplo. Con todo estamos expuestos. Aunque simplemente he divagado durante cinco minutos para tratar de arrancar los oscuros pensamientos del escritor del cuento, no creo que sirvan para que pienses que la historia era diferente. No. Es un caso de un acontecimiento lleno de blancura que se oscurece con poco esfuerzo. Desde luego, lo que no deseo es echar por tierra el documental con esta analogía; al contrario, es alabar el espíritu de duda del mismo. Poco irrefutable queda en estos tiempos y pocas dudas también. Bajo ningún concepto lo que no se debe perder es el deseo de acudir a ella o, mejor dicho, la no aseveración de hechos sin justificaciones y de lo que hay detrás de la cortina. Siempre se ha dicho que la confianza es difícil ganarla y fácil perderla. En tiempos de crisis, de huelgas ficticias (informática), de falsas guerras… parece que lo complicado se ha enrollado con la duda y nos confiamos con poco o nada, en quien lo dice, en cómo… Sólo exijamos una reflexión, personal y global, y una alternativa basada en el razonamiento. No nos quedemos como los tres cerditos, vestidos como personas pero razonando como animales.

martes, 17 de febrero de 2009

El bautizo...

Con talante abierto, sin ninguna frontera, más alla de las teclas de un ordenador, y sin ningún corrector ortográfico, ni semántico (este último grupo más feroz y despiadado aunque más vacío), nace este blog; con el peligroso reto de situar reflexiones, historias, comentarios, retales de rimas y cualquier hecho literario que merezca algún tipo de mención, en su ubicación histórica adecuada. Es decir, en el pasado y la memoria individual del creador que no va unida en tiempo y espacio con nada más.

Textos de paso, porque todo es pasajero, como la afición a escribir, aún no siendo ni cargado por tu navegador de páginas web. Por este hobby a combinar palabras de nuestra amada R.A.E. de manera sencilla y compleja, pero a la vez efectiva y rítmica, al menos por el intento. Por escribir lo que pasó por la mente, lo que pasará y lo que nunca ha pasado. Y sobre todo, por llenar la desidia de esta nueva juventud, de acción, de ideas y de pasotismo. Por el presente, por el pasado, por el futuro y, como no, por las peligrosas rubias de bote que en el relicario de sus escotes perfumaron mi juventud.

Bienvenidos a textos de paso.