Escrito por: Anónimo Veneziano.
Las veces que había asegurado a los chicos: “El fútbol os dejará de gustar con los años”. Convencido estaba, pues a mí me sucedió así. Los chavales de periodismo se hacían pesados, aburridos, siempre con el balón en la boca. Si les pudiera hacer entender lo insulso de ese juego. No valía la pena, antes escucharían a un mediocre entrenador de regional que a este tipo ya cerca de los treinta y harto de las conversaciones idiotas.
Lo cierto era que pese a mi desprecio por esa mediática y enfermiza aureola que ese deporte generaba, las cosas eran muy distintas cuando andaba cerca de algún callejón junto a una pista, o en su defecto zonas verdes de barrio medio urbano, donde las bocinas de los autos se disipaban estridentes sobre el vocerío: “mía, mía, estaba solo hombre”, y que lindante se parapetaba necesario, casi urgente, un ultramarinos para repostar energías con su bollería industrial y deliciosa, sensible al paladar de un mozo bajito y avispado.
Pero yo ya no podía. Menos de treinta sí, pero con menos recorrido que un gusano. Y el toque de balón, qué vergüenza, un canguro con una pata de palo azotaría mejor la pelota. Pero aquellos chicos me pidieron como favor que un día me pusiera de portero: “Señor, nos falta uno, ¿no le importaría…?” ¡Me llamaban señor! Salía ese día de la oficina, con un estrés galopante, el nudo de
la corbata era una soga de colores, y mis zapatos de doble suela revestidos de piel sintética los sentía como grilletes bajo mi oscuro traje de aparente solemnidad. Solo era apariencia, os lo aseguro.
Me deshice del disfraz de imbécil, y fui corriendo a mi portería: “Por aquí no va a pasar ni una”, me motivaba yo solo en mi portería, sí sí, mi potería. Tenía hasta red, perfectamente anudados sus ribetes entre los ganchos de los tres postes. Había comenzado el partido aunque yo permanecía atontado pensando en ese emotivo reencuentro con el pasado. El delantero rival no tuvo consideración y aprovechó mi despiste para enchufarme el primer tanto: “¡Coño!”. Alenté a mis jugadores para cambiar las tornas, uno de ellos era un diablo, de bueno eh, no de feo. Ese se encargó de responder por mi fallo, y después del primero vinieron cinco más. En una ocasión, sumido por la excitación del momento, controlé el balón, arranqué algo aparatoso, alcancé el área contraria y disparé duro a portería. No fue gol porque el balón fue a parar a la cabeza de uno de los chavales, provocándole una ligera contusión que le hizo llorar un buen rato: “¡Ese viejo está loco!”. Aquí me sobrevino la conveniencia de abandonar el partido, quizá se me había ido la olla un poco, quizá. Pero qué coño, ese rato de fútbol había sido lo mejor que me había ocurrido en mucho tiempo. Y cuando digo mucho tiempo, me refiero a mucho tiempo.
Las veces que había asegurado a los chicos: “El fútbol os dejará de gustar con los años”. Convencido estaba, pues a mí me sucedió así. Los chavales de periodismo se hacían pesados, aburridos, siempre con el balón en la boca. Si les pudiera hacer entender lo insulso de ese juego. No valía la pena, antes escucharían a un mediocre entrenador de regional que a este tipo ya cerca de los treinta y harto de las conversaciones idiotas.
Lo cierto era que pese a mi desprecio por esa mediática y enfermiza aureola que ese deporte generaba, las cosas eran muy distintas cuando andaba cerca de algún callejón junto a una pista, o en su defecto zonas verdes de barrio medio urbano, donde las bocinas de los autos se disipaban estridentes sobre el vocerío: “mía, mía, estaba solo hombre”, y que lindante se parapetaba necesario, casi urgente, un ultramarinos para repostar energías con su bollería industrial y deliciosa, sensible al paladar de un mozo bajito y avispado.
Pero yo ya no podía. Menos de treinta sí, pero con menos recorrido que un gusano. Y el toque de balón, qué vergüenza, un canguro con una pata de palo azotaría mejor la pelota. Pero aquellos chicos me pidieron como favor que un día me pusiera de portero: “Señor, nos falta uno, ¿no le importaría…?” ¡Me llamaban señor! Salía ese día de la oficina, con un estrés galopante, el nudo de
la corbata era una soga de colores, y mis zapatos de doble suela revestidos de piel sintética los sentía como grilletes bajo mi oscuro traje de aparente solemnidad. Solo era apariencia, os lo aseguro.Me deshice del disfraz de imbécil, y fui corriendo a mi portería: “Por aquí no va a pasar ni una”, me motivaba yo solo en mi portería, sí sí, mi potería. Tenía hasta red, perfectamente anudados sus ribetes entre los ganchos de los tres postes. Había comenzado el partido aunque yo permanecía atontado pensando en ese emotivo reencuentro con el pasado. El delantero rival no tuvo consideración y aprovechó mi despiste para enchufarme el primer tanto: “¡Coño!”. Alenté a mis jugadores para cambiar las tornas, uno de ellos era un diablo, de bueno eh, no de feo. Ese se encargó de responder por mi fallo, y después del primero vinieron cinco más. En una ocasión, sumido por la excitación del momento, controlé el balón, arranqué algo aparatoso, alcancé el área contraria y disparé duro a portería. No fue gol porque el balón fue a parar a la cabeza de uno de los chavales, provocándole una ligera contusión que le hizo llorar un buen rato: “¡Ese viejo está loco!”. Aquí me sobrevino la conveniencia de abandonar el partido, quizá se me había ido la olla un poco, quizá. Pero qué coño, ese rato de fútbol había sido lo mejor que me había ocurrido en mucho tiempo. Y cuando digo mucho tiempo, me refiero a mucho tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario