Efímero y desinformados. Aún mantenía en el rostro granos provistos de incertidumbre, del desconocimiento, los naturales para chicos que se desarrollan más tarde y los antinaturales para los que sus angustias maltratan al miedo y violan con ferocidad sus nervios. No es que fuera una losa enorme, es que no teníamos ni idea. Porque sí, charlamos en exceso de afrontar todo lo que se nos suponía iba a venir encima, de cómo sería, incluso conspiramos sobre ello mil veces. Permaneceríamos dando vueltas como agujas de reloj para repetir y repetir (y repetir) el uno, el dos, el tres… (hasta doce) las indulgentes emociones. Por fin, habíamos logrado adquirir bellos recuerdos agitados con exquisitas mentiras y este proceso, este trastorno, derramaría como cenizas nuestros anhelos de Cenicienta.Llegó el hipotecado día del adiós. No se presentó nadie a despacharnos. Tan sólo vino el día. Él sí, no faltó. Para despedirse para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario