viernes, 21 de agosto de 2009

No se esfuma

Otra vez ha vuelto a pasar. Esta vez no se esfuma de mi cabeza esa mirada que me tendió el siguiente en la fila de la caja rápida del supermercado. Demasiado rápida. No transmitía apenas desprecio, lástima, sorpresa o algún atributo acorde a la situación como se podía aguardar. Sólo se clavó sin expresión sobre mí y lo llevo encajado como el rostro que me acecha en el espejo. Gasto un antifaz con su cara, desde el mismo instante, que no me permite respirar por la presión de sus cuerdas ni puedo desprenderme de él.

Aparentemente, no iba con él este incidente sobre todo cuando estábamos en la cola, esperando el turno. Con sus auriculares, sus tres o cuatro productos que no daban para más de una cena y, ni estirando mucho, para más personas que su ombligo. Sus champiñones laminados. Se apercibía que era un tipo que vivía al día y que no le importaba mucho lo que podía ocurrir mañana. Seguramente no quiera saberlo, o mejor aún, ni lo necesite. Tiene las constantes vitales que nosotros no tenemos que sí precisamos esa información. No es fácil aclarar, en los tiempos que corren, que ambicionemos más el hecho de estar vivos que a la vida en sí.

Ya le tocaba a mi madre sacar el monedero. Mis hermanos jugaban. El más pequeño desde el carrito de bebé. Y yo guardando las bolsas cuando el chico de la caja encendió la mecha para explotar la dinamita.

- Señora, ¿me permite revisar un segundo el carrito?
- ¿Cómo?
- Sí, es que creo que he visto algo – el joven se acercó y localizó unos cuantos botes de comida de bebé dentro.
- Perdone. Han debido de ser los niños jugando. No lo sabía de verdad. No lo sabía.
- Un segundo, no se mueva. Espere que tengo que llamar.
- Pero, yo no lo sabía… Los niños jugando. Ya sabe...

Y mientras yo estaba de frente al incidente, observando nada más que mis bolsas. Antes sentía vergüenza, miedo y un pánico a la altura de la penosa situación. Pero eso ya pasó. Bastaba con permanecer quieto en un punto fijo y proseguir. Con la costumbre olvidas todo eso que te parece un horror. Así que con la tranquilidad asumida de lo normal de la acción, cometí la torpeza de distraer mis ojos hacia el chaval. Y ya os digo, esta vez, esta vez, no se esfuma de mi cabeza esa mirada.

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