martes, 20 de octubre de 2009

Atentamente, se despide (I)

No me arrugué. Al menos me acogió y dio asilo apocalíptico este bar. De esos llamados “irlandés”, únicamente por el intento de copia exacta de la decoración como la de cualquier puesto dublinés. Es como todos los bares de copas de la zona, pero con la exquisitez de ser un transplante de un trozo de otras tierras sin su pueblo. Sin más. Sí, tiene televisores enormes en todas partes, cuadros de las mayores leyendas y menos conocidas del boxeo, supongo que por eso lo son, y alcohol de todos los tipos y marcas: cerveza negra, copas… A mí todo eso me da lo mismo. Hubiera ido a este o al de enfrente. Lo cierto es que ni sé por qué entré ni para qué. A corromperme, en todos los casos. ¡Qué fácil es vivir en el engaño y disimular razones para tomar decisiones! No sería ni la primera ni la última, aunque eso nunca lo sabré.

Acabé (empecé) sentado en la barra viendo algún deporte de otra cultura inusual para mí con la admiración del inculto sorprendido y sonriendo a una rubia, a la primera que se me cruzó. Emprendí mi conquista guiñándole el ojo, admirando su silueta y codiciando con una voracidad desenfrenada poseerla con mis caricias. Lástima que la rubia sea tan sólo una cerveza. Al fin y al cabo, mi camarada Enrique ya dijo que teníamos lo que nos merecíamos, sin más vueltas. Le creo porque no le falta razón y, además, tenemos una amistad sobradamente consolidada de rebosante vigencia: hace dos pintas que lo conozco. Bueno, sí, claro, le comenté en qué consistían mis preferencias en condiciones normales, una rubia de verdad, una mujer, aunque no establecimos ningún punto común para la definición de normalidad y de ahí nos costó avanzar en la conversación. Nos atrancamos. Ese eufemismo cuya palabra, como combinación de letras e incluso como significado, no tiene culpa alguna de que no tenga correspondencia con el mundo conocido como real, sin patrones que rijan lo genérico de lo que es cotidiano, natural, habitual: “Eso es lo normal”, “Es un tío bastante normal”, “Mi vida no es normal”… Finalmente, sin acuerdo en ese punto, sí que sospechábamos estar ante una ocasión de ese tipo. Este día me tocó parte de lo que realmente merecía y, por ello, tenía una de las espumosas (sin metáforas).

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