lunes, 4 de julio de 2011

Pero toca salir



Hay que estar muy loco para llamar “pasear” a andar durante una hora por estas calles. Por esta ciudad. Sin rumbo. Sin destino. Sin saber lo larga que es esa – esta - hora. Y peor aún, buscando un motivo para hacerlo. Cuando la verdad es que sabes que no lo hay. Pero toca salir.

Anochece muy temprano y yo por más que lo intente no creo que me acostumbre a sentir la luna palpitándome en el pecho todas las noches. La iluminación de las calles no ayuda en absoluto. Todo era distinto antes de la crisis. Ahora los gobernantes han decidido dotarla de menos recursos para así dar muestras de su bipolaridad aparente. Unas sí, unas no. Luces encendidas. Luces apagadas. Aunque a veces en según qué barrios, todas no. Pero toca salir.

Suelo parar a tomar un café. Intento leer alguno de los libros que siempre quiero terminar. Hoy viene Bolaño. Hago lo indecible por concentrarme y disfrutar de esta velada romántica. Leo la misma puñetera página cuatro veces. Mejor lo dejo. Saco un cigarro y, por fin, siento que respiro. Luego otra vez sigo hacia adelante. Veo a tipos que corren por estas cuestas como si le fuera la vida en ello. No siento envidia. Empiezo a sentir unos deseos incontrolables por volver a casa. Pero toca salir.

La ciudad es realmente maravillosa. Bien organizada. Es agradable. Es mi personalidad la que es agria. Ahora sí. Justo en pleno Chinatown, comienzan a emerger mis auténticos pensamientos. Los más sinceros. “Por favor, póngame unos noodles. Gracias. No ponga picante.”. Otra vez vuelvo a coger el autobús de regreso con la comida en la mano. Otra vez la misma pregunta.

¿Por qué toca salir?