viernes, 31 de julio de 2009

El contrato

Allí estaba nuestro chico. Mal vestido, aires de despreocupación, que no son más que eso, y abanderando al infinito mediante la música de su reproductor. Enfilaba ya las escaleras mecánicas y, en cuanto ésta le transfiera a la primera planta del centro comercial, acataría la orden que confirmaría la esclavitud propia de los tipos que apuestan fuerte su pellejo por una relación sentimental. "Tío, tienes el pelo hecho un asco, no lo cuidas. Tienes que arreglar las puntas. ¿Es que no puedes pensar en mí?" Ese “en mí” se mantuvo clavado como una puñalada barata por la espalda. Con un cuchillo de esos que no valen más que para untar que no te acaban de matar pero minan la moral. Mejor, no más discusión y problemas sobre el control de sí mismo y sobre su indudable personalidad y dar una sorpresa complaciente. Eso se apagó entre los dos, hace mucho tiempo. Ya está en la peluquería. Le quedan cinco minutos para entrar. Eso le dijo la chica que daba la vez. Le faltaba poco para definitivamente tragarse el orgullo.

Allí estaba nuestra chica. Ya llevaba seis horas seguidas en esa celda. Trabajaba en horario continuo porque así se lo habían dicho. Tal y como estaba la situación, no era como para amagar con quejarse siquiera. Era una peluquería y a la vez centro de estética. Funcionaba sin interrupción de diez a diez, de la mañana a la noche. Y en ninguna parte figuraba la cruel explotación a la que era sometida; no tenía otra opción. Debía sacar un tema de conversación sencillo, sin salirse de lo habitual, para entablar contacto y mantener la buena sintonía con el cliente. Luego ya era bien simple atacar lo desastroso que cuidaba su cabello para tal y como había dicho el jefe: "Convencer que tiene que llevarse un producto de aquí para sentirse triunfador, es donde os ganáis el sueldo.” Una cosa era pelar, peinar, aconsejar, etc. Pero arrastrarse y admitir doble trabajo de peluquera con el de comercial, representaba demasiado. Ya le tocaba el siguiente.

- Buenas, siéntate por aquí que te ponga cómodo.
- Vale.
- ¿Cómo va a ser?
- Pues me gustaría que me arreglases un poco las puntas. Y no sé, es que tampoco soy muy cuidadoso con el cabello.
- Sí, ya veo, vamos a pasar por la otra parte a lavarte el pelo..

Él, ya se había fijado en ella. Que eso no significa nada si no se explica correctamente, ya que el verbo 'fijar' pasa desapercibido si no se da la explicación adecuada y cuando es conveniente merece la pena darle un buen uso a ese verbo. Porque la fijación también tenía índices de calidad y la había, como en este caso.

Ella, no parecía que proporcionase un lavado al uso, más bien unas suaves caricias para arrinconar y dominar lo que no le pertenecía y que aliado con el descontrol estaba consiguiendo. Ese lavado, ese masaje, ese delirio sobre las manos. Una sensación que es difícil de explicar, tanto como el verbo. Es fácil explicar una mirada, una visión, pero con el tacto no hay fronteras. Nadie las puso.

- ¿No te cuidas mucho no? Tienes grasa.
- Bueno, me ducho y lavo todos los días.
- No, no. Pero hay que saber cuidarse. ¿Acondicionador usas?
- ¿Cómo?- Bueno, parece que no te lavases bien el pelo, debes darte más tiempo y oprimir bien el cuero cabelludo. Que salga espuma. Y el acondicionador es fundamental para que no tengas el pelo deshidratado como veo. Nosotros tenemos...
- ¿Perdona?

Ella dejó de ser peluquera comercial para convertirse en no sabemos qué. No quería manipular a este chico y crear una nueva víctima de su sobresueldo. Además sabiendo lo caro que son los productos.

- ¿Los compro aquí esos productos? ¿Los tenéis? ¿Verdad?
- Eh bueno, sí, sí que los tenemos.

Pasó el tiempo y no se dirigieron la palabra. Un fenómeno externo les impedía manifestar lo que les pasaba por su cabeza. Estaban de acuerdo ambos en eso sin hablarse. Les frenaba.

- Sube la cabeza.
- Vale.

Terminó. Se despidieron. Pagó lo que tenía que pagar. Ella atendió al siguiente en la cola. Quizá fue por el contrato... o quizá era lo mejor excusa que se les podía ocurrir.

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