martes 3 de noviembre de 2009

Atentamente, se despide (y II)

Beber no me hacía sentir especial echando un vistazo al resto. No obstante, no pude evitar el aturdimiento provocado por un leve desajuste que rondaba en las entrañas de mi otro yo; aunque no transcendió en los otros camaradas de la (mi) barra. A fin de cuentas, no reunía tampoco un perfil ni unos condicionantes que me distingan del teatro del mundo. Era uno más: Enrique, Andrés, Pedro,… podría seguir dando más nombres inventados. No estás llamando la atención ni haciendo saltar las alarmas ni nadie se escandalizará por ser una réplica, una clonación de idénticos como tú cuando se trata de acudir al templo a degenerarse con el alcohol. Es lo bueno de esta afición: aquí somos todos iguales y fieles corderitos que rara vez nos causamos molestias entre nosotros. En cambio, en mi mismo, ser un cordero y, a la vez, un lobo es bien fácil. Y muy peligroso. Claro, que tampoco pienso habitualmente en lo genial o canalla de mi alma; pero viéndolo desde la perspectiva de un hombre que se ha soplado tres pintas, pues todo se sobredimensiona. Y yo, pues no sé, tampoco tenía claro deducir si era un lobo o no, únicamente me veía como un tipo extraordinario que había sido liquidado por hacer demasiado bien su trabajo, por envidias, y que no le faltarían ofertas al salir de este bar. No sé por qué tengo la extraña manía de resolver los problemas de todos los mundos en ese bar o discutir idioteces: que si prefiero tirarme a una mujer o beber, que es normal, que si la gente es especial, si yo lo era, si tenía agallas suficientes para salir del paso o si podía controlar mis dos personalidades. Aunque ya me eché a temblar cuando contemplé como el camarero me acercaba una pinta más.

Enrique fue reemplazado por otro gran amigo, llamémosle Eduardo. Este se largó para dejar paso a Antonio. De ahí, me sumergí en el mundo de Alfonso. Y al final, todos acabaron cediendo para delegar mi compañía en el camarero. Supongo que la hora de cierre del bar, siendo lunes, y el hecho de tener familia esperando en casa es más importante que entretenerse con tu mejor amigo. Ellos sabrán. Este señor sí que es un amigo, de verdad, fiel. Leal a su trabajo porque ya empezaba a sugerir que debía haber abandonado aquel lugar, su casa, y algo más que no entendí muy bien. Añadió: “Ya es hora de que rehagas tu vida”. ¿Qué quiso decir? ¿Tendría que destruirme y volver a crearme? Es fabuloso lo que es capaz de afirmar la gente cuando se toma unas copas de más. Siendo camarero, imagino que no habría perdido el tiempo. Además, había llegado antes que yo, así que el cálculo en número sería altamente desorbitado.

Sin embargo, creo que la última pinta ya me estaba doliendo demasiado y comenzó a resurgir una fauna especial en mi organismo. El cazador furtivo, tras aguardar durante un tiempo precioso a que su presa mostrase debilidad, atacó en su momento preciso. Empezaron las primeras conclusiones: no estaba bien. Aquello no fue justo, ahora no tenía a donde acudir: ni amigos ni familia con ganas de oír más: “Lo siento, ya no os tendré que pedir perdón nunca más”. No merecí recibir una carta, después de tantos años. Hubiera sido más elegante en persona. No se podía dejar en la estacada a un veterano. Un hombre que se ha dejado la piel y la sangre por esa empresa. Con sus defectos, pero con unas virtudes que han enriquecido a todos ellos y los han lucrado de buenos dineros y coches de lujo. Se aprovecharon. Me desvalijaron. Me han deshecho la vida, otra vez. Me las pagarán. ¿Cómo? No me quedaban fuerzas para empujar y levantarme. Esta era mi última vida. Encima, no contentos con eso, me mutilaron con unas formas impropias de la condición humana. No había sido capaz de descifrar las claves de la normalidad, pero sí logré entender el significado completo y la representación gráfica de la humanidad. No puede haber algo más indigno que me cesen recibiendo un simple: “Atentamente, se despide.”


martes 20 de octubre de 2009

Atentamente, se despide (I)

No me arrugué. Al menos me acogió y dio asilo apocalíptico este bar. De esos llamados “irlandés”, únicamente por el intento de copia exacta de la decoración como la de cualquier puesto dublinés. Es como todos los bares de copas de la zona, pero con la exquisitez de ser un transplante de un trozo de otras tierras sin su pueblo. Sin más. Sí, tiene televisores enormes en todas partes, cuadros de las mayores leyendas y menos conocidas del boxeo, supongo que por eso lo son, y alcohol de todos los tipos y marcas: cerveza negra, copas… A mí todo eso me da lo mismo. Hubiera ido a este o al de enfrente. Lo cierto es que ni sé por qué entré ni para qué. A corromperme, en todos los casos. ¡Qué fácil es vivir en el engaño y disimular razones para tomar decisiones! No sería ni la primera ni la última, aunque eso nunca lo sabré.

Acabé (empecé) sentado en la barra viendo algún deporte de otra cultura inusual para mí con la admiración del inculto sorprendido y sonriendo a una rubia, a la primera que se me cruzó. Emprendí mi conquista guiñándole el ojo, admirando su silueta y codiciando con una voracidad desenfrenada poseerla con mis caricias. Lástima que la rubia sea tan sólo una cerveza. Al fin y al cabo, mi camarada Enrique ya dijo que teníamos lo que nos merecíamos, sin más vueltas. Le creo porque no le falta razón y, además, tenemos una amistad sobradamente consolidada de rebosante vigencia: hace dos pintas que lo conozco. Bueno, sí, claro, le comenté en qué consistían mis preferencias en condiciones normales, una rubia de verdad, una mujer, aunque no establecimos ningún punto común para la definición de normalidad y de ahí nos costó avanzar en la conversación. Nos atrancamos. Ese eufemismo cuya palabra, como combinación de letras e incluso como significado, no tiene culpa alguna de que no tenga correspondencia con el mundo conocido como real, sin patrones que rijan lo genérico de lo que es cotidiano, natural, habitual: “Eso es lo normal”, “Es un tío bastante normal”, “Mi vida no es normal”… Finalmente, sin acuerdo en ese punto, sí que sospechábamos estar ante una ocasión de ese tipo. Este día me tocó parte de lo que realmente merecía y, por ello, tenía una de las espumosas (sin metáforas).

viernes 18 de septiembre de 2009

Postdata

Efímero y desinformados. Aún mantenía en el rostro granos provistos de incertidumbre, del desconocimiento, los naturales para chicos que se desarrollan más tarde y los antinaturales para los que sus angustias maltratan al miedo y violan con ferocidad sus nervios. No es que fuera una losa enorme, es que no teníamos ni idea. Porque sí, charlamos en exceso de afrontar todo lo que se nos suponía iba a venir encima, de cómo sería, incluso conspiramos sobre ello mil veces. Permaneceríamos dando vueltas como agujas de reloj para repetir y repetir (y repetir) el uno, el dos, el tres… (hasta doce) las indulgentes emociones. Por fin, habíamos logrado adquirir bellos recuerdos agitados con exquisitas mentiras y este proceso, este trastorno, derramaría como cenizas nuestros anhelos de Cenicienta.

Llegó el hipotecado día del adiós. No se presentó nadie a despacharnos. Tan sólo vino el día. Él sí, no faltó. Para despedirse para siempre.

lunes 24 de agosto de 2009

El conserje de noche

Esta es una historia que se escribe en los portales.

Me ganaba bien la vida como conserje de un portal de un barrio céntrico de la capital. Ya despunto con el primer exceso. Mejor dicho, era suficiente para subsistir y mis ratos de faena no resultaban mal del todo. Claro que trabajar de noche es desagradable para aquellos que les gusta vivir. Para mí estaba bien, la soledad era un aliciente para, cuando llegase el momento, poder disfrutar de la compañía. Aún faltaba para eso, o no cristalizaba, pero no desesperaba: el día más inesperado se presentaría.

Es lo que tiene vivir y afanar de las novedades. Después de veinte minutos paseando con linternas en los garajes, escuchando maullar gatos, recogiendo alguna rata, siempre con el respeto a que surja cualquier cosa, o esperando sentado a que ocurra algo, se agradece que aparezca alguien por la puerta… aunque vengan más borrachos que un piojo. O aunque sea para reprochar el vecino más desconfiado con miradas de recelo que estás toda la noche leyendo o escuchando música sin dar palo al agua. A nadie le gusta confirmar que a veces no es tan eficiente en su trabajo como de él se espera. Es cierto, pero qué quieren que les diga, pensemos en un lunes a las tres de la mañana o las cuatro. Se hace tan aburrido a veces que no me queda otra que distraerme leyendo. O como hoy, para escribir.

Hace tres sábados tuve la suerte de no tener que recurrir a mi propia medicina para pasar el tiempo. Llegaron dos chicas de no más de treinta años. Eran las cinco o las seis de la madrugada. Iban cantando como locas y por supuesto llevaban encima una cogorza enorme. A una la conocía bien, era la hija del dentista que vive en el bloque diez. Pero a la otra ya me habría gustado haberla conocido antes. Era guapísima, y créanme que cuando hablo de mujeres suelo ser más grosero y no me corto, pero con ella no me salía más que esta cursi excepción. ¡Dios mío! ¡Es cierto, era guapísima!

Conseguí acariciarla desde la barbilla hasta las primeras raíces de su pelo. Incluso le agarré la espalda y los muslos. Las obligaciones de vigilante pasan que si alguien se pega un “talegazo” y no puede ponerse en pié la acompañes a su residencia. Aún así, no le perdí la vista en ningún momento. Ahí la dejé en la puerta confiando en que la amiga tirase de ella. Y volví a mi puesto.

La suerte es una ramera de primera calidad.

A Quique González.

viernes 21 de agosto de 2009

No se esfuma

Otra vez ha vuelto a pasar. Esta vez no se esfuma de mi cabeza esa mirada que me tendió el siguiente en la fila de la caja rápida del supermercado. Demasiado rápida. No transmitía apenas desprecio, lástima, sorpresa o algún atributo acorde a la situación como se podía aguardar. Sólo se clavó sin expresión sobre mí y lo llevo encajado como el rostro que me acecha en el espejo. Gasto un antifaz con su cara, desde el mismo instante, que no me permite respirar por la presión de sus cuerdas ni puedo desprenderme de él.

Aparentemente, no iba con él este incidente sobre todo cuando estábamos en la cola, esperando el turno. Con sus auriculares, sus tres o cuatro productos que no daban para más de una cena y, ni estirando mucho, para más personas que su ombligo. Sus champiñones laminados. Se apercibía que era un tipo que vivía al día y que no le importaba mucho lo que podía ocurrir mañana. Seguramente no quiera saberlo, o mejor aún, ni lo necesite. Tiene las constantes vitales que nosotros no tenemos que sí precisamos esa información. No es fácil aclarar, en los tiempos que corren, que ambicionemos más el hecho de estar vivos que a la vida en sí.

Ya le tocaba a mi madre sacar el monedero. Mis hermanos jugaban. El más pequeño desde el carrito de bebé. Y yo guardando las bolsas cuando el chico de la caja encendió la mecha para explotar la dinamita.

- Señora, ¿me permite revisar un segundo el carrito?
- ¿Cómo?
- Sí, es que creo que he visto algo – el joven se acercó y localizó unos cuantos botes de comida de bebé dentro.
- Perdone. Han debido de ser los niños jugando. No lo sabía de verdad. No lo sabía.
- Un segundo, no se mueva. Espere que tengo que llamar.
- Pero, yo no lo sabía… Los niños jugando. Ya sabe...

Y mientras yo estaba de frente al incidente, observando nada más que mis bolsas. Antes sentía vergüenza, miedo y un pánico a la altura de la penosa situación. Pero eso ya pasó. Bastaba con permanecer quieto en un punto fijo y proseguir. Con la costumbre olvidas todo eso que te parece un horror. Así que con la tranquilidad asumida de lo normal de la acción, cometí la torpeza de distraer mis ojos hacia el chaval. Y ya os digo, esta vez, esta vez, no se esfuma de mi cabeza esa mirada.

jueves 13 de agosto de 2009

Una tarde distinta

Escrito por: Anónimo Veneziano.

Las veces que había asegurado a los chicos: “El fútbol os dejará de gustar con los años”. Convencido estaba, pues a mí me sucedió así. Los chavales de periodismo se hacían pesados, aburridos, siempre con el balón en la boca. Si les pudiera hacer entender lo insulso de ese juego. No valía la pena, antes escucharían a un mediocre entrenador de regional que a este tipo ya cerca de los treinta y harto de las conversaciones idiotas.

Lo cierto era que pese a mi desprecio por esa mediática y enfermiza aureola que ese deporte generaba, las cosas eran muy distintas cuando andaba cerca de algún callejón junto a una pista, o en su defecto zonas verdes de barrio medio urbano, donde las bocinas de los autos se disipaban estridentes sobre el vocerío: “mía, mía, estaba solo hombre”, y que lindante se parapetaba necesario, casi urgente, un ultramarinos para repostar energías con su bollería industrial y deliciosa, sensible al paladar de un mozo bajito y avispado.

Pero yo ya no podía. Menos de treinta sí, pero con menos recorrido que un gusano. Y el toque de balón, qué vergüenza, un canguro con una pata de palo azotaría mejor la pelota. Pero aquellos chicos me pidieron como favor que un día me pusiera de portero: “Señor, nos falta uno, ¿no le importaría…?” ¡Me llamaban señor! Salía ese día de la oficina, con un estrés galopante, el nudo de la corbata era una soga de colores, y mis zapatos de doble suela revestidos de piel sintética los sentía como grilletes bajo mi oscuro traje de aparente solemnidad. Solo era apariencia, os lo aseguro.

Me deshice del disfraz de imbécil, y fui corriendo a mi portería: “Por aquí no va a pasar ni una”, me motivaba yo solo en mi portería, sí sí, mi potería. Tenía hasta red, perfectamente anudados sus ribetes entre los ganchos de los tres postes. Había comenzado el partido aunque yo permanecía atontado pensando en ese emotivo reencuentro con el pasado. El delantero rival no tuvo consideración y aprovechó mi despiste para enchufarme el primer tanto: “¡Coño!”. Alenté a mis jugadores para cambiar las tornas, uno de ellos era un diablo, de bueno eh, no de feo. Ese se encargó de responder por mi fallo, y después del primero vinieron cinco más. En una ocasión, sumido por la excitación del momento, controlé el balón, arranqué algo aparatoso, alcancé el área contraria y disparé duro a portería. No fue gol porque el balón fue a parar a la cabeza de uno de los chavales, provocándole una ligera contusión que le hizo llorar un buen rato: “¡Ese viejo está loco!”. Aquí me sobrevino la conveniencia de abandonar el partido, quizá se me había ido la olla un poco, quizá. Pero qué coño, ese rato de fútbol había sido lo mejor que me había ocurrido en mucho tiempo. Y cuando digo mucho tiempo, me refiero a mucho tiempo.

viernes 31 de julio de 2009

El contrato

Allí estaba nuestro chico. Mal vestido, aires de despreocupación, que no son más que eso, y abanderando al infinito mediante la música de su reproductor. Enfilaba ya las escaleras mecánicas y, en cuanto ésta le transfiera a la primera planta del centro comercial, acataría la orden que confirmaría la esclavitud propia de los tipos que apuestan fuerte su pellejo por una relación sentimental. "Tío, tienes el pelo hecho un asco, no lo cuidas. Tienes que arreglar las puntas. ¿Es que no puedes pensar en mí?" Ese “en mí” se mantuvo clavado como una puñalada barata por la espalda. Con un cuchillo de esos que no valen más que para untar que no te acaban de matar pero minan la moral. Mejor, no más discusión y problemas sobre el control de sí mismo y sobre su indudable personalidad y dar una sorpresa complaciente. Eso se apagó entre los dos, hace mucho tiempo. Ya está en la peluquería. Le quedan cinco minutos para entrar. Eso le dijo la chica que daba la vez. Le faltaba poco para definitivamente tragarse el orgullo.

Allí estaba nuestra chica. Ya llevaba seis horas seguidas en esa celda. Trabajaba en horario continuo porque así se lo habían dicho. Tal y como estaba la situación, no era como para amagar con quejarse siquiera. Era una peluquería y a la vez centro de estética. Funcionaba sin interrupción de diez a diez, de la mañana a la noche. Y en ninguna parte figuraba la cruel explotación a la que era sometida; no tenía otra opción. Debía sacar un tema de conversación sencillo, sin salirse de lo habitual, para entablar contacto y mantener la buena sintonía con el cliente. Luego ya era bien simple atacar lo desastroso que cuidaba su cabello para tal y como había dicho el jefe: "Convencer que tiene que llevarse un producto de aquí para sentirse triunfador, es donde os ganáis el sueldo.” Una cosa era pelar, peinar, aconsejar, etc. Pero arrastrarse y admitir doble trabajo de peluquera con el de comercial, representaba demasiado. Ya le tocaba el siguiente.

- Buenas, siéntate por aquí que te ponga cómodo.
- Vale.
- ¿Cómo va a ser?
- Pues me gustaría que me arreglases un poco las puntas. Y no sé, es que tampoco soy muy cuidadoso con el cabello.
- Sí, ya veo, vamos a pasar por la otra parte a lavarte el pelo..

Él, ya se había fijado en ella. Que eso no significa nada si no se explica correctamente, ya que el verbo 'fijar' pasa desapercibido si no se da la explicación adecuada y cuando es conveniente merece la pena darle un buen uso a ese verbo. Porque la fijación también tenía índices de calidad y la había, como en este caso.

Ella, no parecía que proporcionase un lavado al uso, más bien unas suaves caricias para arrinconar y dominar lo que no le pertenecía y que aliado con el descontrol estaba consiguiendo. Ese lavado, ese masaje, ese delirio sobre las manos. Una sensación que es difícil de explicar, tanto como el verbo. Es fácil explicar una mirada, una visión, pero con el tacto no hay fronteras. Nadie las puso.

- ¿No te cuidas mucho no? Tienes grasa.
- Bueno, me ducho y lavo todos los días.
- No, no. Pero hay que saber cuidarse. ¿Acondicionador usas?
- ¿Cómo?- Bueno, parece que no te lavases bien el pelo, debes darte más tiempo y oprimir bien el cuero cabelludo. Que salga espuma. Y el acondicionador es fundamental para que no tengas el pelo deshidratado como veo. Nosotros tenemos...
- ¿Perdona?

Ella dejó de ser peluquera comercial para convertirse en no sabemos qué. No quería manipular a este chico y crear una nueva víctima de su sobresueldo. Además sabiendo lo caro que son los productos.

- ¿Los compro aquí esos productos? ¿Los tenéis? ¿Verdad?
- Eh bueno, sí, sí que los tenemos.

Pasó el tiempo y no se dirigieron la palabra. Un fenómeno externo les impedía manifestar lo que les pasaba por su cabeza. Estaban de acuerdo ambos en eso sin hablarse. Les frenaba.

- Sube la cabeza.
- Vale.

Terminó. Se despidieron. Pagó lo que tenía que pagar. Ella atendió al siguiente en la cola. Quizá fue por el contrato... o quizá era lo mejor excusa que se les podía ocurrir.