Beber no me hacía sentir especial echando un vistazo al resto. No obstante, no pude evitar el aturdimiento provocado por un leve desajuste que rondaba en las entrañas de mi otro yo; aunque no transcendió en los otros camaradas de la (mi) barra. A fin de cuentas, no reunía tampoco un perfil ni unos condicionantes que me distingan del teatro del mundo. Era uno más: Enrique, Andrés, Pedro,… podría seguir dando más nombres inventados. No estás llamando la atención ni haciendo saltar las alarmas ni nadie se escandalizará por ser una réplica, una clonación de idénticos como tú cuando se trata de acudir al templo a degenerarse con el alcohol. Es lo bueno de esta afición: aquí somos todos iguales y fieles corderitos que rara vez nos causamos molestias entre nosotros. En cambio, en mi mismo, ser un cordero y, a la vez, un lobo es bien fácil. Y muy peligroso. Claro, que tampoco pienso habitualmente en lo genial o canalla de mi alma; pero viéndolo desde la perspectiva de un hombre que se ha soplado tres pintas, pues todo se sobredimensiona. Y yo, pues no sé, tampoco tenía claro deducir si era un lobo o no, únicamente me veía como un tipo extraordinario que había sido liquidado por hacer demasiado bien su trabajo, por envidias, y que no le faltarían ofertas al salir de este bar. No sé por qué tengo la extraña manía de resolver los problemas de todos los mundos en ese bar o discutir idioteces: que si prefiero tirarme a una mujer o beber, que es normal, que si la gente es especial, si yo lo era, si tenía agallas suficientes para salir del paso o si podía controlar mis dos personalidades. Aunque ya me eché a temblar cuando contemplé como el camarero me acercaba una pinta más. Enrique fue reemplazado por otro gran amigo, llamémosle Eduardo. Este se largó para dejar paso a Antonio. De ahí, me sumergí en el mundo de Alfonso. Y al final, todos acabaron cediendo para delegar mi compañía en el camarero. Supongo que la hora de cierre del bar, siendo lunes, y el hecho de tener familia esperando en casa es más importante que entretenerse con tu mejor amigo. Ellos sabrán. Este señor sí que es un amigo, de verdad, fiel. Leal a su trabajo porque ya empezaba a sugerir que debía haber abandonado aquel lugar, su casa, y algo más que no entendí muy bien. Añadió: “Ya es hora de que rehagas tu vida”. ¿Qué quiso decir? ¿Tendría que destruirme y volver a crearme? Es fabuloso lo que es capaz de afirmar la gente cuando se toma unas copas de más. Siendo camarero, imagino que no habría perdido el tiempo. Además, había llegado antes que yo, así que el cálculo en número sería altamente desorbitado.
Sin embargo, creo que la última pinta ya me estaba doliendo demasiado y comenzó a resurgir una fauna especial en mi organismo. El cazador furtivo, tras aguardar durante un tiempo precioso a que su presa mostrase debilidad, atacó en su momento preciso. Empezaron las primeras conclusiones: no estaba bien. Aquello no fue justo, ahora no tenía a donde acudir: ni amigos ni familia con ganas de oír más: “Lo siento, ya no os tendré que pedir perdón nunca más”. No merecí recibir una carta, después de tantos años. Hubiera sido más elegante en persona. No se podía dejar en la estacada a un veterano. Un hombre que se ha dejado la piel y la sangre por esa empresa. Con sus defectos, pero con unas virtudes que han enriquecido a todos ellos y los han lucrado de buenos dineros y coches de lujo. Se aprovecharon. Me desvalijaron. Me han deshecho la vida, otra vez. Me las pagarán. ¿Cómo? No me quedaban fuerzas para empujar y levantarme. Esta era mi última vida. Encima, no contentos con eso, me mutilaron con unas formas impropias de la condición humana. No había sido capaz de descifrar las claves de la normalidad, pero sí logré entender el significado completo y la representación gráfica de la humanidad. No puede haber algo más indigno que me cesen recibiendo un simple: “Atentamente, se despide.”




Ya le tocaba a mi madre sacar el monedero. Mis hermanos jugaban. El más pequeño desde el carrito de bebé. Y yo guardando las bolsas cuando el chico de la caja encendió la mecha para explotar la dinamita.