Me ganaba bien la vida como conserje de un portal de un barrio céntrico de la capital. Ya despunto con el primer exceso. Mejor dicho, era suficiente para subsistir y mis ratos de faena no resultaban mal del todo. Claro que trabajar de noche es desagradable para aquellos que les gusta vivir. Para mí estaba bien, la soledad era un aliciente para, cuando llegase el momento, poder disfrutar de la compañía. Aún faltaba para eso, o no cristalizaba, pero no desesperaba: el día más inesperado se presentaría.
Es lo que tiene vivir y afanar de las novedades. Después de veinte minutos paseando con linternas en los garajes, escuchando maullar gatos, recogiendo
alguna rata, siempre con el respeto a que surja cualquier cosa, o esperando sentado a que ocurra algo, se agradece que aparezca alguien por la puerta… aunque vengan más borrachos que un piojo. O aunque sea para reprochar el vecino más desconfiado con miradas de recelo que estás toda la noche leyendo o escuchando música sin dar palo al agua. A nadie le gusta confirmar que a veces no es tan eficiente en su trabajo como de él se espera. Es cierto, pero qué quieren que les diga, pensemos en un lunes a las tres de la mañana o las cuatro. Se hace tan aburrido a veces que no me queda otra que distraerme leyendo. O como hoy, para escribir.Hace tres sábados tuve la suerte de no tener que recurrir a mi propia medicina para pasar el tiempo. Llegaron dos chicas de no más de treinta años. Eran las cinco o las seis de la madrugada. Iban cantando como locas y por supuesto llevaban encima una cogorza enorme. A una la conocía bien, era la hija del dentista que vive en el bloque diez. Pero a la otra ya me habría gustado haberla conocido antes. Era guapísima, y créanme que cuando hablo de mujeres suelo ser más grosero y no me corto, pero con ella no me salía más que esta cursi excepción. ¡Dios mío! ¡Es cierto, era guapísima!
Conseguí acariciarla desde la barbilla hasta las primeras raíces de su pelo. Incluso le agarré la espalda y los muslos. Las obligaciones de vigilante pasan que si alguien se pega un “talegazo” y no puede ponerse en pié la acompañes a su residencia. Aún así, no le perdí la vista en ningún momento. Ahí la dejé en la puerta confiando en que la amiga tirase de ella. Y volví a mi puesto.
La suerte es una ramera de primera calidad.
A Quique González.
Enorme relato!!
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