lunes, 24 de agosto de 2009

El conserje de noche

Esta es una historia que se escribe en los portales.

Me ganaba bien la vida como conserje de un portal de un barrio céntrico de la capital. Ya despunto con el primer exceso. Mejor dicho, era suficiente para subsistir y mis ratos de faena no resultaban mal del todo. Claro que trabajar de noche es desagradable para aquellos que les gusta vivir. Para mí estaba bien, la soledad era un aliciente para, cuando llegase el momento, poder disfrutar de la compañía. Aún faltaba para eso, o no cristalizaba, pero no desesperaba: el día más inesperado se presentaría.

Es lo que tiene vivir y afanar de las novedades. Después de veinte minutos paseando con linternas en los garajes, escuchando maullar gatos, recogiendo alguna rata, siempre con el respeto a que surja cualquier cosa, o esperando sentado a que ocurra algo, se agradece que aparezca alguien por la puerta… aunque vengan más borrachos que un piojo. O aunque sea para reprochar el vecino más desconfiado con miradas de recelo que estás toda la noche leyendo o escuchando música sin dar palo al agua. A nadie le gusta confirmar que a veces no es tan eficiente en su trabajo como de él se espera. Es cierto, pero qué quieren que les diga, pensemos en un lunes a las tres de la mañana o las cuatro. Se hace tan aburrido a veces que no me queda otra que distraerme leyendo. O como hoy, para escribir.

Hace tres sábados tuve la suerte de no tener que recurrir a mi propia medicina para pasar el tiempo. Llegaron dos chicas de no más de treinta años. Eran las cinco o las seis de la madrugada. Iban cantando como locas y por supuesto llevaban encima una cogorza enorme. A una la conocía bien, era la hija del dentista que vive en el bloque diez. Pero a la otra ya me habría gustado haberla conocido antes. Era guapísima, y créanme que cuando hablo de mujeres suelo ser más grosero y no me corto, pero con ella no me salía más que esta cursi excepción. ¡Dios mío! ¡Es cierto, era guapísima!

Conseguí acariciarla desde la barbilla hasta las primeras raíces de su pelo. Incluso le agarré la espalda y los muslos. Las obligaciones de vigilante pasan que si alguien se pega un “talegazo” y no puede ponerse en pié la acompañes a su residencia. Aún así, no le perdí la vista en ningún momento. Ahí la dejé en la puerta confiando en que la amiga tirase de ella. Y volví a mi puesto.

La suerte es una ramera de primera calidad.

A Quique González.

viernes, 21 de agosto de 2009

No se esfuma

Otra vez ha vuelto a pasar. Esta vez no se esfuma de mi cabeza esa mirada que me tendió el siguiente en la fila de la caja rápida del supermercado. Demasiado rápida. No transmitía apenas desprecio, lástima, sorpresa o algún atributo acorde a la situación como se podía aguardar. Sólo se clavó sin expresión sobre mí y lo llevo encajado como el rostro que me acecha en el espejo. Gasto un antifaz con su cara, desde el mismo instante, que no me permite respirar por la presión de sus cuerdas ni puedo desprenderme de él.

Aparentemente, no iba con él este incidente sobre todo cuando estábamos en la cola, esperando el turno. Con sus auriculares, sus tres o cuatro productos que no daban para más de una cena y, ni estirando mucho, para más personas que su ombligo. Sus champiñones laminados. Se apercibía que era un tipo que vivía al día y que no le importaba mucho lo que podía ocurrir mañana. Seguramente no quiera saberlo, o mejor aún, ni lo necesite. Tiene las constantes vitales que nosotros no tenemos que sí precisamos esa información. No es fácil aclarar, en los tiempos que corren, que ambicionemos más el hecho de estar vivos que a la vida en sí.

Ya le tocaba a mi madre sacar el monedero. Mis hermanos jugaban. El más pequeño desde el carrito de bebé. Y yo guardando las bolsas cuando el chico de la caja encendió la mecha para explotar la dinamita.

- Señora, ¿me permite revisar un segundo el carrito?
- ¿Cómo?
- Sí, es que creo que he visto algo – el joven se acercó y localizó unos cuantos botes de comida de bebé dentro.
- Perdone. Han debido de ser los niños jugando. No lo sabía de verdad. No lo sabía.
- Un segundo, no se mueva. Espere que tengo que llamar.
- Pero, yo no lo sabía… Los niños jugando. Ya sabe...

Y mientras yo estaba de frente al incidente, observando nada más que mis bolsas. Antes sentía vergüenza, miedo y un pánico a la altura de la penosa situación. Pero eso ya pasó. Bastaba con permanecer quieto en un punto fijo y proseguir. Con la costumbre olvidas todo eso que te parece un horror. Así que con la tranquilidad asumida de lo normal de la acción, cometí la torpeza de distraer mis ojos hacia el chaval. Y ya os digo, esta vez, esta vez, no se esfuma de mi cabeza esa mirada.

jueves, 13 de agosto de 2009

Una tarde distinta

Escrito por: Anónimo Veneziano.

Las veces que había asegurado a los chicos: “El fútbol os dejará de gustar con los años”. Convencido estaba, pues a mí me sucedió así. Los chavales de periodismo se hacían pesados, aburridos, siempre con el balón en la boca. Si les pudiera hacer entender lo insulso de ese juego. No valía la pena, antes escucharían a un mediocre entrenador de regional que a este tipo ya cerca de los treinta y harto de las conversaciones idiotas.

Lo cierto era que pese a mi desprecio por esa mediática y enfermiza aureola que ese deporte generaba, las cosas eran muy distintas cuando andaba cerca de algún callejón junto a una pista, o en su defecto zonas verdes de barrio medio urbano, donde las bocinas de los autos se disipaban estridentes sobre el vocerío: “mía, mía, estaba solo hombre”, y que lindante se parapetaba necesario, casi urgente, un ultramarinos para repostar energías con su bollería industrial y deliciosa, sensible al paladar de un mozo bajito y avispado.

Pero yo ya no podía. Menos de treinta sí, pero con menos recorrido que un gusano. Y el toque de balón, qué vergüenza, un canguro con una pata de palo azotaría mejor la pelota. Pero aquellos chicos me pidieron como favor que un día me pusiera de portero: “Señor, nos falta uno, ¿no le importaría…?” ¡Me llamaban señor! Salía ese día de la oficina, con un estrés galopante, el nudo de la corbata era una soga de colores, y mis zapatos de doble suela revestidos de piel sintética los sentía como grilletes bajo mi oscuro traje de aparente solemnidad. Solo era apariencia, os lo aseguro.

Me deshice del disfraz de imbécil, y fui corriendo a mi portería: “Por aquí no va a pasar ni una”, me motivaba yo solo en mi portería, sí sí, mi potería. Tenía hasta red, perfectamente anudados sus ribetes entre los ganchos de los tres postes. Había comenzado el partido aunque yo permanecía atontado pensando en ese emotivo reencuentro con el pasado. El delantero rival no tuvo consideración y aprovechó mi despiste para enchufarme el primer tanto: “¡Coño!”. Alenté a mis jugadores para cambiar las tornas, uno de ellos era un diablo, de bueno eh, no de feo. Ese se encargó de responder por mi fallo, y después del primero vinieron cinco más. En una ocasión, sumido por la excitación del momento, controlé el balón, arranqué algo aparatoso, alcancé el área contraria y disparé duro a portería. No fue gol porque el balón fue a parar a la cabeza de uno de los chavales, provocándole una ligera contusión que le hizo llorar un buen rato: “¡Ese viejo está loco!”. Aquí me sobrevino la conveniencia de abandonar el partido, quizá se me había ido la olla un poco, quizá. Pero qué coño, ese rato de fútbol había sido lo mejor que me había ocurrido en mucho tiempo. Y cuando digo mucho tiempo, me refiero a mucho tiempo.