lunes, 29 de junio de 2009

Aromas

Te tomas un café por la mañana o por la tarde. En un sitio o en otro. Con ánimos cambiados. Después de un buen día o malo o quizás antes de saber cómo será. Incluso en iguales instantes, con mismos condicionantes. Nunca sabe igual. El color, el aroma y el sabor no es el mismo. El ser humano aplica unas reglas y unos patrones a la determinación de decisiones o al análisis de sensaciones que se fundamenta en su sentido; a veces, el menos común de todos, y su instinto; pero no deja de existir un raro porcentaje de aleatoriedad que nadie puede explicar por qué. Yo no. No se trata de ser extremista en comprender las diferencias, pero es fácil encontrarnos ante los ligeros matices para que actuemos de un modo u otro. Y más complejo es profundizar en el asunto de la compañía, compartir café con la soledad o con otro tipo tan extraño como tú que puede cambiar de golpe todos tus condicionantes. Así que mi compañero de trabajo y yo sabíamos a que exponernos en aquel bar de carretera.

- Ponme un café con leche, pero la leche templada. ¿Vale? – lo dije sin mucho convencimiento. Estoy habituado a exigir eso de antemano y siempre me lo ponen hirviendo, algo que detesto. Señalé a mi compañero. – y para…

- No, yo quiero una “cocacola” – me interrumpió sin dejarme tiempo a acabar. Y se justificó. – Es que tengo muchísimo calor.

- Pero, Guillermo, – así se llamaba mi inoportuno colega - me dijiste que querías parar porque te apetecía un café. No entiendo.

- Sí, pero ha sido salir del coche, con el calor y tal, que en seguida me ha apetecido tomar algo fresco.

- ¿Y por qué no te tomas un café con hielo? – así le sugerí con algún que otro sobreactuado gesto, de esos en los que buscas ser natural y si te miras lo que ves es a un fantoche. Y no un fantoche simpático como Charlie Chaplin.

- Ya sé por dónde vas. No insistas. Estamos dentro de un texto literario ¿no es eso? Has escrito una introducción, si me lo permites,un poco larga para justificar una opinión o un pensamiento. Bien. Seguramente eso que tú opinas tiene una explicación física, biológicao médica, quiero decir, científica; pero aún así sin mucho conocimiento del medio has continuado con esa opinión sin ponerte ninguna pega. Encima, querías utilizarme como ejemplo de situación original para apoyarla entus textos y te he fallado. Sí, querías que tomase café para afrontar el tema del cambio del aroma con las circunstancias. Que te sirviera de comodín para luego acudir a ponerme en tus "relatitos" y te ha salido mal la jugada. El ser humano es imprevisible. Ya deberías saberlo.

- ¡Pero bueno! – me tomé el café de un sorbo.

- Sí, ya llevamos, un párrafo y siete trozos de diálogo. Ahórrate las sorpresas, las exclamaciones y búscate otra idea. Y vámonos ya.

- ¿Cuánto es? – mi cara de alucinación ya se dirigió con toda la mala hostia al camarero hijo de puta que no supo entenderme cuando le especifiqué que quería la leche bien fría.

- Pues, un café, un euro – contestó tras merodear la barra, apurando al máximo su servicio.

- No, cóbreme todo.

- ¿Todo? Ya se lo he dicho, un euro, un café.

- ¿Pero y la “coca-cola”?

- ¿Qué coca-cola? – esta vez ya sí prestó atención y la sorpresa y él se enfocaron en sus ojos.

- La de mi compañero.

- ¿Qué compañero?

martes, 16 de junio de 2009

Sin límites

¡Qué jodida es a veces esta maldita zorra! Ya me sirvo un whisky doble de malta. Presto atención para escuchar el sonido cuando lanzo los cubitos en el vaso. Siempre tres. Me encanta ver como se muerden el fuego del alcohol y el frío del hielo. Eso sí que es único. Ya sé que olvidar no es fácil así que me acostumbro a recordar pasados involuntariamente ¡Maldita sea! Sí, me enciendo un cigarro, de hombres claro, un rubio. Ya mismo va a anochecer, pero de verdad, y me tengo que enfrentar otra jornada más con la muerte que nunca llega. La he esquivado de mil maneras, sin embargo, no tengo la seguridad total de que sea inmortal. Algún día se me acabará. El caso es que esa gentuza me quiere muerto aunque cierto es que yo no les tengo mejores deseos. No podemos perpetuarnos por más días. De aquí sólo puede salir vivo uno. Y esta vez van a saber quien soy.

Esos tipos lo sabían y yo también. Disfruto fantaseando. En ser el pronombre, en un nombre que me reemplaza, un flotador humano, un salvavidas, un vaquero (léase ‘cowboy’) justiciero. Un ser que no tiene compasión y piedad con el mal, a veces incluso vengativo, y que actúa sin ningún premio. El premio de consolación es este. No obstante, de otro modo, no tendría jamás una mención en la ‘Wikipedia’. Ni tan siquiera derecho a mis quince minutos de gloria que me prometió Warhol. Seguro que ningún conocido iría a echarme flores al epitafio o, más grave aún, tendría un epitafio vacío de esos sin nombre para la gente que es irreconocible hasta para la policía científica.

En tu mundo, quizá no sea nadie. Pero en el mío, no tengo límites.

martes, 2 de junio de 2009

En Babilonia

Anhelo una existencia de jardines colgantes.
En Babilonia.
No echo de menos recuerdos de almas dormidas,
sí contusiones entre atardeceres de amantes.
Prohiban el paso, arrecian locos suicidas.
En Babilonia.

Día a día, fobia a fobia, latido a latido.
En Babilonia.
Mi, tu y nuestra soñada irrealidad:
Desvistiendo sonrisas, soplando vientos al oído.
Sometiendo, coronando, invadiendo la banalidad.
En Babilonia


Persigo con la tuya, mi mirada, tu destello.
En Babilonia.
Intenso faro, desnudo, vacío, roto.
Obedezco la dictadura del cabello,
Y me pierdo y me pierdo, demente y devoto.
En Babilonia.

No entiendo tu idioma, sí a tu lengua, tu boca.
En Babilonia.
Ni regalos, ni amuletos, ni diamantes.
Ni jardines que sobrepasen bajo las rocas.
Regálame, todo tú, siempre colgante.
En Babilonia.