martes, 24 de enero de 2012

How much difference does it make?

Demasiada. Poca. Da igual. Acababa de salir a ejercitarme por un enorme prado de aquella tierra silvestre y sedentaria. Y reflexioné, en soledad, - como Murakami – sobre aquello de lo que debería hablar cuando salgo a correr. Y doy gracias a que no me salió nada coherente. Aparentemente solo, aunque con múltiples personas en mi cabeza, ¿con cuáles de mis 'yo' tenía que dialogar? Estupideces. Empecé a correr. Sin más. Las cosas como son, aquel día no esperaba hacer amigos.

Marqué un ritmo intenso para conseguir la mayor capacidad de destrucción de colesterol en mi sangre. Curioso es que me preocupase más, en ese momento, que la que riega el cerebro. De repente, encontré unas verjas que me obligaron a entender que aquel prado ilimitado no era tal. Era un campo de entrenamiento hecho a base de césped, muy cómodo para correr por cierto. Para mi actividad sería un hecho circunstancial y pasajero. Además, cabía la posibilidad a muchos kilómetros de buscar otro paraíso como ese si acababa desagradándome. Di una vuelta. Di dos vueltas. Di tres vueltas. Di cuatro vueltas. Y entonces lo vi todo claro.

Pasados veinte minutos estaba en la vivienda de la que partí a hacer deporte. Supe que correr ya no era suficiente. Aunque me resistía a creer en la prudencia de mis pensamientos. De verdad, ¿podían cambiar tanto las cosas? Una vez se instala la idea en algún lugar oscuro, no hay magia que la haga desaparecer. No hay razones. Quizá las haya. Pero no son las razones. Quizá. Lo bueno de todo esto es haber conseguido aislar el deporte del pensamiento. Quizá.

Pero, ¿cuánta diferencia supone?

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